Dicen que las personas sólo escribimos cuando estamos muy tristes o cuando estamos profundamente enamorados.
Pero la verdad es que estos dos términos suelen ir de la mano mucho más de lo que deberían.
Pero hay veces que por el contrario, la suma de estos dos estados te deja sin palabras.
lunes, 6 de mayo de 2013
sábado, 27 de abril de 2013
Mitades
A veces estamos destinados a perder a las personas que más nos importan. Pero ¿como aguantamos las ganas de llamar a alguien, de abrazarle, de verle, de contarle todo lo que está pasando? ¿Como olvidamos el echar de menos a alguien? ¿Cómo se borra el historial de momentos junto a una persona?
Quiero saber la fórmula. Quiero saber como se aprende a olvidar. Pero no hablo de olvidar a nadie del que te has enamorado, siempre puede, es más, siempre acaba llegando otra persona que suple ese lugar o sencillamente quizás funciona y no tienes que desenamorarte jamás. No hablo de ese tipo de olvido. Hablo de olvidar a esas personas que han sido arrancadas de tu vida sin pedirte permiso, personas que un día se fueron y no van a volver, personas de las que nunca te has enamorado ni lo harás nunca pero sin embargo, las has querido como no volverás a querer a nadie en tu vida. Eso es amor, pero no es el amor de las novelas, de las películas. Quizás es un tipo de amor más difícil de definir con un guión, con palabras, con gestos. Es algo que te llena simplemente con saber que está ahí. Algo que cuando tienes crees que siempre conservarás pero al fin y al cabo se acaba perdiendo porque todo se pierde alguna vez.
Alguien me dijo una vez que la familia, la verdadera familia, la construímos nosotros con las personas que nos vamos encontrando por el camino. Un segundo hermano, una segunda madre... Hablo de esas personas. Esas personas que superan nuestra racionalidad y hacen que realmente estemos dispuestos a dar la vida para que no nos falten nunca. Esas personas que te sacan una sonrisa con una sonrisa, que te miran y te entienden, que te abrazan y te arrancan el dolor de golpe.
¿Y qué pasa cuando ya no estan? ¿Que pasa cuando de repente esa familia se desmorona? ¿Como se puede dejar de necesitar a alguien que ha significado tu vida entera? Esa persona que era la única con la que querías compartir el resto de tu vida y tenías claro que harías lo que fuera por conseguirlo. Cuando quieres a alguien dentro de tu vida con tanta intensidad, por mucho que pasen los días, los meses, los años, nunca dejas de necesitarla ahí cuando lloras, cuando ríes, cuando ves su película preferida, cuando ves ese amigo en común que habéis dejado de ver porque ya no os une nada y sin embargo os duele demasiado porque os recuerda a algo que ya no existe…
Esas cosas no se pueden olvidar, por mucho que pongamos nuestro empeño en hacerlo. Esas personas no van a dejar nunca de vivir dentro de ti aunque haga 30 años que no has sabido de ellas porque es una llama que no se apaga nunca. Porque hay personas que realmente son tu mitad. Y cuando ya no estan, ya nunca se vuelve a vivir de verdad siendo sólo la mitad de algo. Que ya no existe.
Quiero saber la fórmula. Quiero saber como se aprende a olvidar. Pero no hablo de olvidar a nadie del que te has enamorado, siempre puede, es más, siempre acaba llegando otra persona que suple ese lugar o sencillamente quizás funciona y no tienes que desenamorarte jamás. No hablo de ese tipo de olvido. Hablo de olvidar a esas personas que han sido arrancadas de tu vida sin pedirte permiso, personas que un día se fueron y no van a volver, personas de las que nunca te has enamorado ni lo harás nunca pero sin embargo, las has querido como no volverás a querer a nadie en tu vida. Eso es amor, pero no es el amor de las novelas, de las películas. Quizás es un tipo de amor más difícil de definir con un guión, con palabras, con gestos. Es algo que te llena simplemente con saber que está ahí. Algo que cuando tienes crees que siempre conservarás pero al fin y al cabo se acaba perdiendo porque todo se pierde alguna vez.
Alguien me dijo una vez que la familia, la verdadera familia, la construímos nosotros con las personas que nos vamos encontrando por el camino. Un segundo hermano, una segunda madre... Hablo de esas personas. Esas personas que superan nuestra racionalidad y hacen que realmente estemos dispuestos a dar la vida para que no nos falten nunca. Esas personas que te sacan una sonrisa con una sonrisa, que te miran y te entienden, que te abrazan y te arrancan el dolor de golpe.
¿Y qué pasa cuando ya no estan? ¿Que pasa cuando de repente esa familia se desmorona? ¿Como se puede dejar de necesitar a alguien que ha significado tu vida entera? Esa persona que era la única con la que querías compartir el resto de tu vida y tenías claro que harías lo que fuera por conseguirlo. Cuando quieres a alguien dentro de tu vida con tanta intensidad, por mucho que pasen los días, los meses, los años, nunca dejas de necesitarla ahí cuando lloras, cuando ríes, cuando ves su película preferida, cuando ves ese amigo en común que habéis dejado de ver porque ya no os une nada y sin embargo os duele demasiado porque os recuerda a algo que ya no existe…
Esas cosas no se pueden olvidar, por mucho que pongamos nuestro empeño en hacerlo. Esas personas no van a dejar nunca de vivir dentro de ti aunque haga 30 años que no has sabido de ellas porque es una llama que no se apaga nunca. Porque hay personas que realmente son tu mitad. Y cuando ya no estan, ya nunca se vuelve a vivir de verdad siendo sólo la mitad de algo. Que ya no existe.
lunes, 21 de enero de 2013
Es una pena...
Porque ¿sabes?
Aquí el único problema es que hay cosas que por más que las busques no las vas a encontrar. Puedes mirar donde sea, puedes esperar sentada a que un día llegue, y te resuelva los problemas en un momento. Alguien que esté contigo cuando lo único que quieras hacer es beber chocolate caliente y tumbarte en la cama simplemente para mirar el techo. Alguien a quien buscar a las doce de la noche cuando es demasiado tarde como para pensar con claridad y apartar sola todos tus miedos de encima. Alguien que te despierte sonriendo, alguien que tenga esa mirada que encuentres cada noche justo antes de dormir. Alguien que te calme cuando te despiertes llorando por una pesadilla, o alguien que pueda venir contigo a cualquier parte del mundo.
Pero a mi ya me da igual todo eso, porque ya no soy capaz de imaginar ninguna de esas cosas sin que estés tú en ellas. Y puedo planear todo el día lo que haría o dejaría de hacer contigo, aunque sólo sean planes que acabaran en el fondo de un cajón y al releerlos me saquen una sonrisa. A mi me da igual que estés a cinco minutos o a diez años luz porque sé que aunque no te vea siempre te acabo encontrando. En cualquier sitio. En ese atardecer que imaginé que pasábamos en la playa, o en la punta de esa montaña donde me quedaba dormida mirando las estrellas. En los deseos que pedía cuando miraba el reloj, en todas las cosas pendientes que tenía que haber hecho con otras personas, porque ahora haga lo que haga soy incapaz de pensar en ellas y no verte a ti.
Por eso, es una lástima que por más que busque, y por más que venga lo que venga,
no encuentre a nadie que se parezca a ti.
Y estoy segura de que hay personas mejores que yo, y hay personas que podrán hacer todo lo que a ti te apetezca hacer en cada momento, personas tan desequilibradas como tú y como yo que podrían hacerte mucho más feliz. Pero no quiero. No quiero que las encuentres. Y me siento como una idiota cada vez que pienso que habrá muchas cosas que no voy a hacer contigo, como morirme de calor, ir a la playa y que no estemos a tres grados, pasarme el día entero sin hacer nada, abrir los ojos y que me pidas que no te mire así, y sonreír... Porque no puedo evitarlo. Porque pese a todo ello, y aunque sigas sin soplar las velas a mi lado, o aunque estés tan lejos que a veces hasta duela, no puedo evitar que me de igual, que sepa que ni quiero ni podré encontrar a nadie con quien vivir todo lo que quiero vivir contigo. Porque sí puedo, y tú también. Pero ya no quiero hacerlo.
Si mi magia ya no te hace efecto ¿cómo voy a continuar?
[http://www.youtube.com/watch?v=yYM3BjI_43I]
[http://www.youtube.com/watch?v=yYM3BjI_43I]
jueves, 20 de diciembre de 2012
Impulsos.
Es cómo ir corriendo contra un muro y no poder parar.
Y piensas que tienes que hacerlo, que si no paras al final lo único que vas a hacer es chocar de cara contra él, pero aún así algo dentro de ti sabe que es inevitable que lo hagas. Hay una fuerza imparable que nace desde dentro de ti y impide que tus músculos reaccionen cuando sabes que lo que tienes que hacer es tirarte al suelo antes de seguir avanzando. Porque a medida que el camino se hace más largo, el dolor del golpe también se hace directamente proporcional.
Eso es lo que me pasa, que estoy harta de escucharme a mi misma repetir 50 veces en mi cabeza que ya lo sabía, que ya me lo advertí, que ya me avisé a mi misma de que no debía correr, de que no debía avanzar y sin embargo llega un punto en el que algo, algo incapaz de explicar y mucho menos aún de entender, hace que seas incapaz de seguir a tu cabeza y reacciones de manera irracional.
En la irracionalidad, en verdad, se encuentra todo secreto de la felicidad pero aun así lo que nos estamos planteando constantemente es encontrarla, es encontrar razones, motivos, argumentos que nos ayuden a entender cómo y porqué hacemos las cosas. Quizás la única verdad es que no existen motivos y que simplemente somos seres guiados por impulsos a los que debemos obedecer para ir construyendo nuestra propia historia.
Pero hay veces que eso mismo asusta, hay veces que una se ve al lado del precipicio y no sabe, no puede saber, si tirarse a él le hará más daño que quedarse al borde.
Hay veces que ni las cosas más simples tienen explicación.
Y piensas que tienes que hacerlo, que si no paras al final lo único que vas a hacer es chocar de cara contra él, pero aún así algo dentro de ti sabe que es inevitable que lo hagas. Hay una fuerza imparable que nace desde dentro de ti y impide que tus músculos reaccionen cuando sabes que lo que tienes que hacer es tirarte al suelo antes de seguir avanzando. Porque a medida que el camino se hace más largo, el dolor del golpe también se hace directamente proporcional.
Eso es lo que me pasa, que estoy harta de escucharme a mi misma repetir 50 veces en mi cabeza que ya lo sabía, que ya me lo advertí, que ya me avisé a mi misma de que no debía correr, de que no debía avanzar y sin embargo llega un punto en el que algo, algo incapaz de explicar y mucho menos aún de entender, hace que seas incapaz de seguir a tu cabeza y reacciones de manera irracional.
En la irracionalidad, en verdad, se encuentra todo secreto de la felicidad pero aun así lo que nos estamos planteando constantemente es encontrarla, es encontrar razones, motivos, argumentos que nos ayuden a entender cómo y porqué hacemos las cosas. Quizás la única verdad es que no existen motivos y que simplemente somos seres guiados por impulsos a los que debemos obedecer para ir construyendo nuestra propia historia.
Pero hay veces que eso mismo asusta, hay veces que una se ve al lado del precipicio y no sabe, no puede saber, si tirarse a él le hará más daño que quedarse al borde.
Hay veces que ni las cosas más simples tienen explicación.
domingo, 16 de diciembre de 2012
...
"- ¿Te puedo pedir una cosa?
- Sí, dime
- No te acostumbres a mí.
- ¿Cómo?
- Que no te acostumbres a mí, ni a mi risa, ni a mi hiperactividad matutina, ni a mis sonrisas en esos momentos, ni a mis besos, ni a mi olor. No te acostumbres a que te ayude con los deberes, ni que hablemos de tus problemas, ni a que te escuche con atención. No te acostumbres a como te miro o te dejo de mirar, no te acostumbres a mis mejillas rojas como un tomate cuando te ríes de mí, ni te acostumbres a mi rabia, ni a reírte de las cosas que digo. No te acostumbres en serio.
- ¿Y eso a que viene?
- A nada, simplemente algún día me cansaré, me iré y echarás de menos a esas cosas si estás acostumbrado y me odiarás, por todo el tiempo que invertí contigo para luego partir... Y te odiarás por no haberme dicho todas las cosas que algún día quisiste decirme y pensabas que tenias tiempo para explicarme."
- Sí, dime
- No te acostumbres a mí.
- ¿Cómo?
- Que no te acostumbres a mí, ni a mi risa, ni a mi hiperactividad matutina, ni a mis sonrisas en esos momentos, ni a mis besos, ni a mi olor. No te acostumbres a que te ayude con los deberes, ni que hablemos de tus problemas, ni a que te escuche con atención. No te acostumbres a como te miro o te dejo de mirar, no te acostumbres a mis mejillas rojas como un tomate cuando te ríes de mí, ni te acostumbres a mi rabia, ni a reírte de las cosas que digo. No te acostumbres en serio.
- ¿Y eso a que viene?
- A nada, simplemente algún día me cansaré, me iré y echarás de menos a esas cosas si estás acostumbrado y me odiarás, por todo el tiempo que invertí contigo para luego partir... Y te odiarás por no haberme dicho todas las cosas que algún día quisiste decirme y pensabas que tenias tiempo para explicarme."
miércoles, 28 de noviembre de 2012
Cien años luz.
Hay un momento en la vida, en el que te das cuenta de que has empezado a querer a alguien de forma inevitable.
Es un punto clave, el límite entre la curiosidad y la atracción, entre el deseo y el amor, entre la indiferencia o el dolor. Ese punto, esa barrera que separa esos dos conceptos tan distintos, a veces es casi imperceptible, a veces es casi imposible de prever, no sabes cómo parar a tiempo ni cómo detenerte antes de cruzarla.
Pero un día te levantas con unas ganas casi inhumanas de ver a esa persona, de tocarla, de estar a su lado. Te levantas y lo primero que piensas es en que darías lo que fuera por ser lo primero que viera al despertarse, por conocer su sonrisa medio dormida, sus ojos medio cegados por la luz del sol, para que te pidiera cinco minutos más en la cama, y tener que sacarla a besos de allí. Por oír sus pasos descalzos por el pasillo, el sonido del agua en la ducha, el olor a champú de su pelo. Te encantaría alborotáraselo, ver como se come las tostadas y se quema con el café, sus prisas, sus 'llego tarde al trabajo', observar sonriendo como corre de un lado a otro buscando sus zapatos, el beso de despedida. Pasarte el día pensando en su sonrisa y en lo que la echas de menos. Sus ojos. Su boca. Su piel. Una llamada para oír su voz. Un 'te quiero' al otro lado de la línea. Y luego volver a casa y saber que esa persona te estará esperando, o que tú la tendrás que esperar. El sonido de sus llaves. El brillo de sus ojos, a diez centímetros de ti. Una manta, el sofá y su película favorita, que a ti te aburre pero te la tragarías mil veces con tal de ver lo que se sigue sorprendiendo al ver el final, cogerle la mano. Mirarla. Pensar que no habrías podido encontrar a nadie mejor. Una cena improvisada. Un postre aún más improvisado. Su piel, tu piel, tus labios, su aliento, la respiración que se acelera. Las sábanas en el suelo, un cigarrillo de buenas noches. Risas, sonrisas, y acostarse a su lado hasta que su respiración se vuelve más pausada y te duermes porque sabes que ya lo ha hecho. Y despertarse enmedio de la noche después de una pesadilla y seguir viendo a esa persona ahí. Contigo. Y tener la certeza de que no te puede pasar nunca malo.
Una vez llegado al punto en que cruzas esa línea, todo eso se convierte en la rutina que querrías alcanzar por encima de todo. Y duele, duele mucho cuando además, esa persona está por encima de todas tus posibilidades y de todas tus mil maneras de demostrarle que la quieres. Cuando el amor está por encima de nosotros se crea una cicatriz profunda en el corazón y cuesta, cuesta mucho cerrarla por mucho que te empeñes. Cuesta no cerrar los ojos y ver su sonrisa, y saber que es otra la que se duerme entre sus brazos. Cuesta no mirarla y sonrojarte, sentir el corazón acelerado, los latidos cada vez más rápidos, la respiración sin función alguna... Cuesta mucho querer a alguien y tenerlo a cien años luz.
Quizás es un amor idealizado, una ilusión, algo que ni siquiera es real pero a veces parece tan fuerte que llegas a creer que si no consigues estar a su lado jamás tendrás la capacidad de querer a otra persona. Porque aunque sea algo de lo que te quieras desprender, algo que intentes olvidar, te basta ver su mirada, su rostro, su sonrisa una vez más para volver a caer. Basta una milésima de segundo para entender que darías lo que fuera por abrazarla y no soltarla nunca.
Es un punto clave, el límite entre la curiosidad y la atracción, entre el deseo y el amor, entre la indiferencia o el dolor. Ese punto, esa barrera que separa esos dos conceptos tan distintos, a veces es casi imperceptible, a veces es casi imposible de prever, no sabes cómo parar a tiempo ni cómo detenerte antes de cruzarla.
Pero un día te levantas con unas ganas casi inhumanas de ver a esa persona, de tocarla, de estar a su lado. Te levantas y lo primero que piensas es en que darías lo que fuera por ser lo primero que viera al despertarse, por conocer su sonrisa medio dormida, sus ojos medio cegados por la luz del sol, para que te pidiera cinco minutos más en la cama, y tener que sacarla a besos de allí. Por oír sus pasos descalzos por el pasillo, el sonido del agua en la ducha, el olor a champú de su pelo. Te encantaría alborotáraselo, ver como se come las tostadas y se quema con el café, sus prisas, sus 'llego tarde al trabajo', observar sonriendo como corre de un lado a otro buscando sus zapatos, el beso de despedida. Pasarte el día pensando en su sonrisa y en lo que la echas de menos. Sus ojos. Su boca. Su piel. Una llamada para oír su voz. Un 'te quiero' al otro lado de la línea. Y luego volver a casa y saber que esa persona te estará esperando, o que tú la tendrás que esperar. El sonido de sus llaves. El brillo de sus ojos, a diez centímetros de ti. Una manta, el sofá y su película favorita, que a ti te aburre pero te la tragarías mil veces con tal de ver lo que se sigue sorprendiendo al ver el final, cogerle la mano. Mirarla. Pensar que no habrías podido encontrar a nadie mejor. Una cena improvisada. Un postre aún más improvisado. Su piel, tu piel, tus labios, su aliento, la respiración que se acelera. Las sábanas en el suelo, un cigarrillo de buenas noches. Risas, sonrisas, y acostarse a su lado hasta que su respiración se vuelve más pausada y te duermes porque sabes que ya lo ha hecho. Y despertarse enmedio de la noche después de una pesadilla y seguir viendo a esa persona ahí. Contigo. Y tener la certeza de que no te puede pasar nunca malo.
Una vez llegado al punto en que cruzas esa línea, todo eso se convierte en la rutina que querrías alcanzar por encima de todo. Y duele, duele mucho cuando además, esa persona está por encima de todas tus posibilidades y de todas tus mil maneras de demostrarle que la quieres. Cuando el amor está por encima de nosotros se crea una cicatriz profunda en el corazón y cuesta, cuesta mucho cerrarla por mucho que te empeñes. Cuesta no cerrar los ojos y ver su sonrisa, y saber que es otra la que se duerme entre sus brazos. Cuesta no mirarla y sonrojarte, sentir el corazón acelerado, los latidos cada vez más rápidos, la respiración sin función alguna... Cuesta mucho querer a alguien y tenerlo a cien años luz.
Quizás es un amor idealizado, una ilusión, algo que ni siquiera es real pero a veces parece tan fuerte que llegas a creer que si no consigues estar a su lado jamás tendrás la capacidad de querer a otra persona. Porque aunque sea algo de lo que te quieras desprender, algo que intentes olvidar, te basta ver su mirada, su rostro, su sonrisa una vez más para volver a caer. Basta una milésima de segundo para entender que darías lo que fuera por abrazarla y no soltarla nunca.
jueves, 27 de septiembre de 2012
Ella :)
Hoy no voy a hablar de amores imposibles, de historias dolorosas, de gente que de repente se va y te rompe el corazón. Hoy no hablaré de recuerdos amargos ni de suspiros en la ventana. Hoy quiero hablaros de mí, de mi vida, y para poder hacerlo es importante que sepáis qué la forma, en qué consiste.
Y una de las piezas de mi vida es la persona a la que le voy a dedicar esta entrada hoy. No sé muy bien como describirla, si la ves de lejos parece una latina fogosa, cuando te acercas crees que es cubana y cuando la conoces descubres que por el contrario es catalana de toda la vida (e independentista).
Ella es la cosa más alegre de este mundo aunque a veces le den venazos depresivos (véase ihateyou18), la envuelve una locura arrulladora en la que te ves envuelta si pasas más de cinco minutos a su lado, y que a mi personalmente me encanta. Duerme con un antifaz en la cara y con los brazos cruzados cual cadáver, suele confundir las palabras (como saber por sabater), le encanta que le den caña (histórica, mal pensados) y cree que Malta está en España junto a Ceuta, y que papá en inglés es Pap (siguiendo la aplastante lógica de que mamá es Mum). Pero es una de las personas más buenas que os podréis encontrar nunca en este planeta, sabe escuchar y animarte cuando lo que quieres hacer es cortarte las venas, siempre está ahí a tu lado de alguna manera u otra, siempre es la primera en sacarte una sonrisa con una de sus ocurrencias, la primera que va a venir a darte un abrazo si lo necesitas. Le encanta el pachangueo, el leopardo y discutir conmigo sobre debates en los que no nos vamos a poner de acuerdo ni en mil años, y es por eso que hoy vengo a refutarle una de sus ideas.
Ella dice que hace dos días que nos conocemos, pero ¿sabéis qué? Que le voy a demostrar que eso es imposible. Dejando de lado el hecho de que estamos en 2012 y la conocí en 2010, es imposible que en sólo 48 horas una persona pueda vivir todo lo que he vivido yo a su lado. No caben todas las sonrisas que me ha arrancado, todos los momentos en los que me ha hecho reír, todos los recuerdos de las cosas buenas que guardo con ella. En una noche tampoco es posible pegarse todas las fiestas que me he pegado yo con ella, las locuras que hemos hecho, los holandeses que hemos conocido (ni ikasxuko's), las veces que nos hemos parado frente al espejo pasándonos el maquillaje y quitándonoslo. No hay espacio en sólo dos días para que quepan todas nuestras palabras, las conversaciones profundas que hemos tenido tantas veces acerca del destino, las casualidades, el amor... y las no tan profundas sobre las antenas parabólicas que llevan ciertos personajes en la cabeza, las gomas, las bodas imposibles en las que nos levantamos cuando el cura dice 'que hable ahora o calle para siempre', los '¿¿¿QUE LE CONTESTO???'. Tampoco caben los viajes en pijama a pesar de los boys, los viajes en coche invadidas por una masa de pelo perruno sobre nuestras cabezas, los viajes en metro de una punta a otra de Barcelona para que luego nos dieran un portazo en la cara, las alarmas a las 5.23 de la mañana, las frases escritas en nuestras agendas, los días post-resacosos comentando nuestras lagunas mentales de la noche anterior, etc...
Ella es un regalo que me dio la vida hace 2 años y 20 días exactamente (que no son 48 horas precisamente; y sí, qué cursi me ha quedado), y sé que quiero que esté en ella todos los años y días y horas y segundos que me quedan. Porque aunque no se lo diga siempre, es demasiado importante para mi, demasiado esencial, demasiado imprescindible porque sé que sin ella, yo no sería yo. Porque al perder aunque sea una sola pieza de lo que te hace ser quien eres, automáticamente dejas de ser tú. Y ella es una de esas piezas, una grande, una muy grande. Y estoy orgullosa de que lo sea.
Por eso hoy no he venido a hablaros de cosas tristes, ni de amores de estos que te hacen perder la cabeza, porque muchas veces sólo le damos importancia a aquellas cosas que nos hacen llorar y la dejamos de dar a las cosas que nos hacen sonreír día a día, minuto a minuto. Quizás a ninguna de las dos se nos vuelque el corazón cuando hablamos por Whatsapp ni tengamos que estar horas para decidir que contestamos, pero sí se nos dibuja una sonrisa en la cara. ¿Y qué es la vida sino una colección de sonrisas?
(Te quiero muchísimo.)
Suscribirse a:
Entradas (Atom)