Que ya no es por dormir
contigo, que es por despertar.
Que no es por verte así,
cuando te maquillas y paras hasta el tráfico.
Que no es por cuando me
quitas el aliento,
ni cuando me dejas sin
respiración.
Es por cuando me la
aceleras,
apareciendo por la puerta
así, como si nada,
cómo si no fueras
consciente de los terremotos que provocas detrás de tus tacones.
Que no es por cuando te ríes,
que es por lo que esconden tus ojos,
que a veces están tristes.
Que es por las ganas de
saber lo que no te deja dormir,
a lo que le das vueltas,
lo que a veces, sin
quererlo, te hace llorar de impotencia.
Es porque, a veces,
sólo a veces,
siento que no te he
conocido ahora,
que ya te echaba de menos,
que te he estado esperando
sin saber dónde,
ni hasta cuando.
Que te tengo delante y
nunca es demasiado cerca,
que te miro a escondidas
desde demasiado lejos,
que no me ves,
que estoy,
y tú también,
pero a veces,
sólo a veces,
como si no estuviéramos en
el mismo lugar.
Y eso me rompe por dentro,
como si en el fondo sólo
fueras un espejismo de lo que en realidad veo,
que eres demasiado buena,
y demasiado guapa,
y demasiado todo,
y yo, en el fondo, no
tengo ni siquiera licencia para admirarte.
Si supieran los otros las
veces que te he imaginado desde todas las perspectivas,
desde arriba,
desde abajo,
desde el primero hasta el último
amanecer,
desde la luz que se debe
filtrar por tus ventanas cada mañana,
desde el reflejo de tu
retrovisor.
Porque a veces,
sólo a veces,
me imagino ahí contigo.
Y me da esa fuerza estúpida
que ni siquiera sé para qué quiero.
Y es por eso que luego no
me atrevo a saludarte, como si al cruzarnos la mirada,
fueras a descubrirme
entera,
y a decirme sin palabras,
que todo lo que te he
pensado han sido sólo deseos fugaces,
que sólo convergemos en un
tiempo y un espacio limitado,
y que más allá de ahí,
en realidad,
no hay nada.
No hay comentarios:
Publicar un comentario