martes, 1 de marzo de 2016

Espejismos

Que ya no es por dormir contigo, que es por despertar.
Que no es por verte así, cuando te maquillas y paras hasta el tráfico.
Que no es por cuando me quitas el aliento,
ni cuando me dejas sin respiración.
Es por cuando me la aceleras,
apareciendo por la puerta así, como si nada,
cómo si no fueras consciente de los terremotos que provocas detrás de tus tacones.

Que no es por cuando te ríes, que es por lo que esconden tus ojos,
que a veces están tristes.
Que es por las ganas de saber lo que no te deja dormir,
a lo que le das vueltas,
lo que a veces, sin quererlo, te hace llorar de impotencia.

Es porque, a veces,
sólo a veces,
siento que no te he conocido ahora,
que ya te echaba de menos,
que te he estado esperando sin saber dónde,
ni hasta cuando.

Que te tengo delante y nunca es demasiado cerca,
que te miro a escondidas desde demasiado lejos,
que no me ves,
que estoy,
y tú también,
pero a veces,
sólo a veces,
como si no estuviéramos en el mismo lugar.

Y eso me rompe por dentro,
como si en el fondo sólo fueras un espejismo de lo que en realidad veo,
que eres demasiado buena,
y demasiado guapa,
y demasiado todo,
y yo, en el fondo, no tengo ni siquiera licencia para admirarte.

Si supieran los otros las veces que te he imaginado desde todas las perspectivas,
desde arriba,
desde abajo,
desde el primero hasta el último amanecer,
desde la luz que se debe filtrar por tus ventanas cada mañana,
desde el reflejo de tu retrovisor.

Porque a veces,
sólo a veces,
me imagino ahí contigo.
Y me da esa fuerza estúpida que ni siquiera sé para qué quiero.
Y es por eso que luego no me atrevo a saludarte, como si al cruzarnos la mirada,
fueras a descubrirme entera,
y a decirme sin palabras,
que todo lo que te he pensado han sido sólo deseos fugaces,
que sólo convergemos en un tiempo y un espacio limitado,
y que más allá de ahí,
en realidad,

no hay nada.

lunes, 29 de febrero de 2016

Inalcanzable

Sería injusto no escribir sobre tu sonrisa. Es por eso que me encuentro aquí, frente a esta hoja en blanco, intentando describir la manera en la que se me eriza la piel cuando pasas por mi lado.

El color del océano se vuelve ridículo cuando te da el sol en los ojos, y parece que un universo infinito se haya concentrado en ese espacio tan pequeño. A veces me asusta incluso mirarte, como si al entretenerme dos segundos más de la cuenta fuera a descubrir todas aquellas pequeñas cosas que guardas dentro. O como si tú fueras a ver en mí todo aquello que no quiero que sepas.

No sabes cuántas veces te miro a escondidas, o espero de reojo a que mires hacia mi lado para buscarte la sonrisa casualmente. Como si los encuentros furtivos de nuestras miradas no estuvieran planeados. Como si no me pasara las noches en vela pensando en cómo sería pasarlas a tu lado. 

Recuerdo con toda claridad el momento exacto en que te vi por primera vez, justo el mismo en que supe que eras tú. Que nunca serías para mí pero que, a partir de ese momento, me iba a costar mirar a nadie más con los mismos ojos. Qué difícil ha sido conocerte, para darme cuenta de que hay perfecciones mucho más abrumadoras que cualquiera de los cánones de belleza conocidos y por conocer. Lo sencillo que resulta devolverte la sonrisa, y lo bonita que suena tu voz cuando te quejas medio dormida. Creo que desde ese primer encuentro te he estado echando de menos casi diariamente, como si el saber que existes mortificara la realidad de saber que, en realidad, jamás vas a ser mía.

Es por eso que me parecía que no escribir sobre ti era casi intolerable. Que musas como tú ocurren una vez en la vida. Y a veces, de esta manera. Efímeras. Inalcanzables. Como si vinieran enviadas de alguna especie de cielo para recordar a los mortales que hay algunos ángeles que sí tienen sexo, y talento, y una infinidad de cosas más que podría decir de ti.


Seguiré mirándote cuando no te des cuenta, y buscando excusas tontas para hablar contigo, preguntándome si algún día volveré a coincidir en esta vida con alguien tan especial como tú. Y si te encuentro en otra gente, en otra persona, y sepa que vuelves a ser tú (aunque no te llames igual ni tengas el mismo color de pelo, ni la misma magia en los ojos), si entonces será el momento y el lugar para no dejarte escapar.

domingo, 10 de enero de 2016

De ti y de mi

Tengo los ojos abiertos como platos y no puedo dormir. Pienso en ti y en mi. En cómo llegamos hasta ese punto. En el momento en que decidí que no volveríamos a vernos. Pienso en el momento en que se rompió todo, y me pregunto si hubo un segundo exacto. Si de repente, decidiste que ya me habías querido suficiente. Que ya no más. Pienso en dónde estarías en el momento de tomar la decisión. Pienso en esta historia ahora desde tu perspectiva. En las noches que yo pasé llorando sin saber qué hacías tú. Quizás llorabas, aunque nunca has sido muy de llorar. Que preferías coger esa coraza y vestirla siempre, diciendo que no sabías querer para darle al mundo una razón para que no te quisiera de vuelta, como si así si te rompían el corazón era porque tú lo habías decidido así.

Qué mentira, si hay algo sobre lo que no se puede decidir es sobre el amor. 


martes, 29 de diciembre de 2015

Cuesta ponerle un título a las palabras más sinceras

Enero amanecerá sin ti. A veces me sorprende la frialdad con la que pienso en ello. En que no vas a estar aquí para atragantarte con las doce uvas, o en que no vas a volver a emborracharte ni a decirme que tienes alguna de tus historias que contarme. Pero es que si no me tomara esta distancia, se me rompería el corazón cada vez que pensara en ti. Es irónico que la mayor parte de las cosas que me has enseñado las he aprendido ahora que ya no estás aquí. Tú, que siempre decías que me admirabas, te sorprenderías de saber lo mucho que me has cambiado. Aún no entiendo el vacío que has dejado en todas las cosas que dejaste a medias, y en todas las que aún no habías podido empezar, y hablo en serio cuando te digo que por más que pasen los días, no me creo que no volverás. Todos hablamos de ti como si aún estuvieras aquí, y lo hacemos con una sonrisa en la cara para disimular que, de repente, nos brillan los ojos y nos tiembla la voz. Me da un vuelco el corazón cada vez que tengo que pronunciar tu nombre, y se me anuda la garganta cuando veo una foto tuya. A veces por accidente, a veces para que no se me olvide el color de tus ojos, ni el de tu sonrisa.

Mi vida no ha vuelto a ser la misma desde esa mañana, y jamás podré olvidar el segundo exacto en el que cambió todo. Que desperté siendo una y me acosté siendo una extraña en mi propia cama. Parecía que lo estuviera viendo todo desde el espacio, las cosas se movían a cámara lenta, y yo intentaba agarrarme a la realidad que conocía de una manera desesperada, intentando obviar lo inevitable: que todo se estaba desmoronando y jamás volvería. Todo lo que pensaba que sabía sobre la vida se fue con la tuya.

Y ahora me encuentro aquí escribiendo estas palabras como si esta historia no fuera la mía. Como si fuera otra persona la que hubiera tenido que pasar por todo esto, porque en mi cabeza, estas cosas no pasan. Sabes que sucede, pero no a ti. Y ahora el mundo se está desmoronando y todo empezó contigo, que me arrancaste los parámetros de golpe, de cuajo, igual que el corazón esa mañana de Diciembre, y sé que una parte de él te la llevaste contigo.

Tengo miedo, amiga, tengo mucho miedo. Me cuesta admitirlo, pero no hace falta que te lo explique porque ahora que no estás conmigo es cuando siento que más estás a mi lado. Que puedes observarme desde un cielo en el que nunca he creído y que sabes lo que estoy pensando. Y también sabes que no puedo ni siquiera escribirlo así que confío en que esto te baste para acabar de comprenderlo. Tengo un miedo terrible porque he aprendido que las cosas malas sí suceden. Y que no te avisan. Y que te cambian todo lo que conocías en un puto segundo. Que son inevitables. Que tienen una fuerza superior a cualquier otra. Que te sacuden y luego te dicen "y ahora vuelve a tu casa, y mañana te levantas, desayunas, y sales a la calle porque el tiempo no va a pararse por más que lo desees". Y que yo no quiero. Y hasta ahora, aún sabiéndolo, nunca lo había entendido.


Hay tsunamis que arrasan con todo, con cosas que no pueden explicarse con palabras. Hay tsunamis que arrasan contigo. Y dime cuanto tiempo tendrá que esperar esta ciudad para reconstruirse, si los muros sobre los que se sostenían han sido derribados. No hay nada peor que sentir que el miedo te tiene atrapada en un sitio desconocido. No hay nada peor que no saber ni donde ni hasta cuándo.

martes, 1 de diciembre de 2015

Universos

Para qué necesito el Sol si el planeta en el que vivo sólo gira entorno a ti. Pertenezco a un sistema situado entre tus sábanas, y sé que hay estrellas porque las veo cada vez que te tengo entre las manos. Si tú y yo chocamos en el espacio, eso sí que fue explosión y no el big bang. Ni la fuerza de la gravedad me habría arrastrado hasta el suelo, pero para qué querría el cielo si a ti ya te tengo aquí. Para qué buscar tan lejos la luz de las estrellas cuando tú estás en la Tierra, no se me ocurre mejor paraíso que escondida entre tus piernas. Y es que a veces tú sonríes y también sabes a nubes, y otras a lluvia y a tormenta. Pero si tú eres la tormenta que no llegue nunca la calma, y que espere en blanco y negro el arco iris a que acabes de besarme. Y que amor sea también mirarte, porque sonríes y hasta el aire se queda sin oxígeno... y yo sin aliento, como si en una carcajada hubieras sido capaz de deshincharme por dentro. Que la magia existe y lo sé cuando tú ríes, y parece música lo que antes sonaba a ruido. Y esto, amor, es incluso más grande que la fuerza de cualquier meteorito, y si el universo es infinito, quiero un universo contigo.

lunes, 23 de noviembre de 2015

"Y harás como que no pasa nada"

Te acercas como siempre entre la gente, tan tuya, tan ausente, con esa manía que tienes tú. Así de lejos, haces que todo me parezca hasta fácil. Que venga a saludarte, que te de un beso, que te mire a los ojos. Llevas la seguridad atada en el descosido del vestido, qué lástima que sólo sea yo la que sepa que es sólo eso. Tan frágil como el maquillaje que te has puesto hoy. Y tú aún no lo sabes, pero en el fondo, también estás temblando de miedo. Pasas a diez centímetros de mis caderas, pero esta vez no te paras a seguirme el compás, y provocas que la gente se gire cuando pasas, y no es sólo por el revoloteo de tu falda. Te observan como yo, y no debería darme cuenta de que hay tanta gente en este local que moriría por hacerte el amor. Pero la única que sabe cuál es tu sonrisa después de un orgasmo soy yo. Y, joder, cómo duele eso. Que te haya mirado el alma a través de los ojos tantas veces, y ahora pasas por mi lado sin ladear la cabeza. Sin tocarte el pelo como cuando te pones tonta, y me encanta, y yo te miro con esta cara de gilipollas y tú te ríes con esa risa tan tuya, por la que movería montañas si no me encontrara ya en el cielo. Como cada mañana, como cada día después, como si no hubiera pasado nada, ni te hubiera tenido entre mis brazos hasta que te hubieras quedado dormida. Te he visto despertar cien veces sin que tú lo sepas, fingiendo que no oía como te marchabas intentando no hacer ruido. Y a veces te he besado cuando creías que no me daba cuenta de que me estabas besando. He sentido estas mudas despedidas aguantándome las lágrimas hasta que has cerrado la puerta. Y luego me he derrumbado. Así, tan fácil. Porque tenerte y perderte es tan difícil como verte pasar a lo lejos sin poder acercarme. Es tenerte a dos milímetros y nunca agarrarte. Como tú haces, vienes, te marchas, pero nunca te quedas. A veces me planteo que pasaría si te dieras cuenta de que en realidad siempre me despierto antes que tú, y que si no afrontas las mañanas es porque me conformo con sólo eso, porque nunca pensé que te tendría a ti, aunque fuera a ratos y cuando tú quieras. Dejo que me quieras a tu manera, dejo que juegues conmigo y juego a descifrar el brillo de tu mirada como si hubiera algo más. Como si me creyera las excusas de por qué nunca me llamas, y por qué aún así, siempre acabas en mi cama. Me gusta imaginarme que un día las cosas cambian, y no huyes, que te quedas hasta el día siguiente no, el otro. Y nos tumbamos en el sofá a ver las tonterías que te gusta ver los domingos y fumamos, y me cuentas tu vida de esa manera en que la cuentas tú, que hace que me interese hasta tu talla de zapatos. Es precioso imaginar que existes más allá de las paredes de mi habitación.


Y ahora has vuelto a pasar. No sé, quizá luego me acerque. Sé a cuantas cervezas tengo que invitarte para que empieces a mirarme de verdad. Y que el sábado que viene serás tú quien me suplique que me quede, que una canción más, que aún no te quieres ir a casa. Y yo como una idiota te voy a ofrecer todos los bailes que quieras, y de repente me vas a parar como lo haces siempre, y preocupada me preguntarás si te quiero. Y yo me reiré y te diré que no, que claro que no. Y entonces fingirás que eso es lo que querías oír y dirás, ah vale menos mal. Y harás como que no pasa nada. Pero sí que pasa. Y claro que te quiero.
Pero tú aún no lo sabes. Y quizá aún no lo sé ni yo.

miércoles, 4 de marzo de 2015

Querido fantasma,

al de tu sonrisa. Se me hace extraño no verte por aquí. O verte mirando a otras. Les veo en la mirada los ojitos que se me ponían a mi cada vez que me iluminabas con ella. Recuerdo que te vi y pensé "quiero estar haciéndole reír toda la vida". Sólo para verte brillando de esta manera.

Al de tus ojos, al de tus pupilas. Estás más apagado que nunca. No lucen con la misma intensidad, y no sabes las ganas que tengo de abrazarte cada vez que veo que bajas la vista al suelo intentando ocultar algo. Aunque el fantasma de tus labios no quiera contarme nada, pero tú me lo dices sin hablarme. Me encantaría saber que estás bien, que estás bien de verdad, que eres feliz.


Yo ya sabes que no lo soy mucho desde que te fuiste. Tu fantasma, el que tenía los siete pecados capitales en un cuerpo. El que me tocaba con tus manos creando ciudades en cada centímetro cuadrado de mi piel, y me erizaba los sentimientos, y las pulsaciones. La gente me mira raro en el metro, creo que son capaces de ver la tristeza en mis ojos porque nos hemos cruzado y, otra vez, no me has dicho nada. A veces me siento culpable porque pienso que crees que estoy huyendo. De ti, de todo esto, del recuerdo. Ojalá te dieras cuenta de que en realidad eres tú el que me apartas a cada paso que doy. Hace mucho que no te entiendo, pero ni siquiera me entiendo a mí misma así que qué te voy a contar...

Me encantaría volver a tomar café contigo, y todos nuestros fantasmas. Puede venir el pasado a recordarnos qué es lo que hacía que sonriéramos con sólo mirarnos a los ojos, qué nos volvía locos al besarnos, qué era ese impulso que no dejaba que nos quitáramos las manos de encima. Siempre imaginé esta etapa de mi vida con alguien como tú al lado. Alguien que me hiciera sentir viva, que me hiciera saltar en el rellano después de besarme, que me hiciera volver a casa corriendo debajo de la lluvia sin importarme que me mojara. Alguien a quien estar atada con diez mil cadenas y aun así sentirse libre.

Ya no sé si te echo de menos a ti o a mí cuando estaba contigo. Ya no recuerdo los dolores de cabeza, o la frustración que me invadía cada vez que hacías algo que no podía explicarme. No lo sé. Pero sé que cada vez que te veo se me salta el corazón del pecho, y que te observo y pienso en lo guapo que estás, y en lo que me encantaría decirte. Y me callo porque nunca me atrevo. Siempre a un paso de besarte, siempre a un paso de intentar convencerte una vez más. Pero no lo hago porque tengo miedo de que vuelvas a salir corriendo y a dejarme sola en el arcén, que la lluvia me moje de verdad, que las lágrimas se confundan con ella y la gente me vuelva a mirar muriéndose de pena porque no saben quién me ha roto el corazón esta vez.

Espero que algún día todas estas cartas que te escribo cuando vuelvo a casa, cuando no te he visto, cuando pienso en qué podría hacer mejor y en qué me encantaría que hicieras tú otra vez, se quemen en una hoguera. Que encendamos el fuego los dos y nos prometamos no volver a caer en los mismos errores. No quiero amor eterno, no quiero que me digas que me quieres, sólo necesito saber si algún día querrías quererme. Entonces romperé estas palabras y reconstruiré las promesas, y te podré volver a mirar a la cara y a sonrojarme y a evadirme de todo en tus brazos.

Pero hasta entonces,
seguiré susurrándole al oído a tus fantasmas.