Solo denotan cobardía. Te dedicas a vencer al miedo jugando conmigo pero él siempre consigue ganarte a ti.
Entonces te levantas y te olvidas de mis ojos, finges que no ha pasado nada y te convences con tu sonrisa postiza de que estás haciendo bien.
Me dejas en el mismo punto de siempre y te alejas años luz. Luego cae la noche y parece que recobras la memoria al acercarte a mí, y yo soy tan idiota que caigo en picado irremediablemente y aterrizo en tus brazos.
A veces te creo, a veces me engañas con tus estupidas promesas y tus palabras vacías. Y yo confío en ti. Te quiero por momentos y pienso que nunca has cambiado y que tu y yo, los de antes, somos los mismos.
Pero no es así. Somos ya distintos, dos gotas de agua que avanzan en diferentes sentidos. En direcciones opuestas. Quizás es mejor así, así nunca más podremos cruzarnos.
sábado, 27 de agosto de 2011
lunes, 22 de agosto de 2011
Maldito amor...
Olvídame. Haz como que no tienes lugar en mi corazón. Que eres un sentimiento al que soy inmune.
Déjame. Y haz que deje de buscar su mirada por todas las esquinas. Házme creer que no quiero verle. Hazme olvidar su sonrisa.
Te juro que lo he intentado. Lo juro... pero siempre ganas tú.
Déjame. Y haz que deje de buscar su mirada por todas las esquinas. Házme creer que no quiero verle. Hazme olvidar su sonrisa.
Te juro que lo he intentado. Lo juro... pero siempre ganas tú.
Y tú ¿crees en el amor a primera vista?
Una vez me preguntaron si era posible enamorarse en sólo 3 segundos.
En el momento en el que le conocí, descubrí que sí. Solamente este pequeño espacio de tiempo fue necesario para llegar a quererle con toda mi fuerza. Supe des del primer instante que había empezado a formar parte de mi historia y de lo que era o llegaría a ser.
Cada momento en el que le veía, mi corazón se disparaba como si estuviera en una montaña rusa, alcanzando el momento máximo de adrenalina si acercaba su mano a mi pelo.Puedo recordar cada centímetro de su piel y tener la certeza de que si se acercaba más del límite permitido, perdía la respiración. Yo misma me asusté de la fuerza con la que entró en mi vida en solo 3 segundos.
Me envolvía con su aire y me arrastraba flotando por cada partícula que le rodeaba, provocando una sensación de vértigo aterradora dentro de mi, al verme encima del precipicio que se extendía bajo mis pies, ese en el que caería el día en que desapareciera de mi vida. Siempre estuve segura de que nuestra historia no era real, pero mi imaginación se empeñaba en demostrarme que podía ganarme todas las partidas y construía un mundo en mi mente donde no existía nada más que él y yo y un cielo bajon el que pararnos a mirar las estrellas. Sabía que le gustaba hacer eso, y cada cita que teníamos en los 20 cm cúbicos de mi subconsciente, entre sueños y ensoñaciones varias, significaban un mundo para mí y me dibujaban una sonrisa en la cara que me costaba disimular. Seguí con fuerzas solo porque sabía que podía aparecer por la esquina en cualquier momento y que me iba a mirar, me iba a sonreír y luego sus ojos azules se alejarían con un guiño que me haría caer irreparablemente hacia el suelo, en una caída libre de la cual no conocía el impacto. A veces sentía calor cuando le miraba, me sentía viva y me sentía llena. A veces me helaba de frío y tenia que apartar la mirada antes de que pudiera darse cuenta que estaba rompiendo mi alma en mil pedazos diminutos.
Pero no dejé ni un segundo de pensar que era yo quien quería rodear sus brazos cuando estuviera triste, que era yo quien quería recorrer con besos toda su espina dorsal para aterrizar en su cuello, que quería robarle un suspiro y un sentimiento, que quería un momento mágico a su lado. Un momento que nos perteneciera en exclusiva, para que luego pudiera recordarlo y sonreír para sus adentros. Quería que él estuviera tan seguro como yo y lo quisiera dar todo por mi. Y aunque no hubiese querido, yo sí lo habría dado todo por él. Habría dado mi vida y le habría dedicado todos los latidos de mi corazón, porque en ese momento creía que era la única persona que me hacía falta para seguir adelante, que era demasiado duro sin verle aparecer y sonrojarme. Me quedaba mirándole de lejos y me salían rosas de la boca si me hablaban de él.
Estaba enamorada. 3 segundos que significaron una tormenta de sentimientos que arrasó con todo y me dejó sola en medio de la nada con el corazón en una mano y su nombre en la otra.
Luego, todo cambió y la tormenta pasó a calma, las cosas volvieron a su sitio y yo olvidé su nombre en un cajón. Pero no pude desprenderme de la huella permanente que había dejado al pisar mi corazón. Si repasaba la cicatriz con la punta de los dedos, leía entre líneas todo lo que quería vivir a su lado y era capaz de sentir de nuevo. Pero me había acostumbrado a su presencia y la montaña rusa poco a poco se desvaneció para dar paso a un suave paseo en góndola. No dejé de querer estar con él, siempre será alguien especial para mí, pero aunque a veces intentaba no creerlo, ya no sentía lo mismo.
Así que sí, es posible enamorarse en 3 segundos. El enamoramiento, esa sensación de andar a cinco centímetros del suelo, es un estado pasajero. Pero amar, querer para siempre... Quizás eso no se consigue ni con todo el tiempo del mundo.
En el momento en el que le conocí, descubrí que sí. Solamente este pequeño espacio de tiempo fue necesario para llegar a quererle con toda mi fuerza. Supe des del primer instante que había empezado a formar parte de mi historia y de lo que era o llegaría a ser.
Cada momento en el que le veía, mi corazón se disparaba como si estuviera en una montaña rusa, alcanzando el momento máximo de adrenalina si acercaba su mano a mi pelo.Puedo recordar cada centímetro de su piel y tener la certeza de que si se acercaba más del límite permitido, perdía la respiración. Yo misma me asusté de la fuerza con la que entró en mi vida en solo 3 segundos.
Me envolvía con su aire y me arrastraba flotando por cada partícula que le rodeaba, provocando una sensación de vértigo aterradora dentro de mi, al verme encima del precipicio que se extendía bajo mis pies, ese en el que caería el día en que desapareciera de mi vida. Siempre estuve segura de que nuestra historia no era real, pero mi imaginación se empeñaba en demostrarme que podía ganarme todas las partidas y construía un mundo en mi mente donde no existía nada más que él y yo y un cielo bajon el que pararnos a mirar las estrellas. Sabía que le gustaba hacer eso, y cada cita que teníamos en los 20 cm cúbicos de mi subconsciente, entre sueños y ensoñaciones varias, significaban un mundo para mí y me dibujaban una sonrisa en la cara que me costaba disimular. Seguí con fuerzas solo porque sabía que podía aparecer por la esquina en cualquier momento y que me iba a mirar, me iba a sonreír y luego sus ojos azules se alejarían con un guiño que me haría caer irreparablemente hacia el suelo, en una caída libre de la cual no conocía el impacto. A veces sentía calor cuando le miraba, me sentía viva y me sentía llena. A veces me helaba de frío y tenia que apartar la mirada antes de que pudiera darse cuenta que estaba rompiendo mi alma en mil pedazos diminutos.
Pero no dejé ni un segundo de pensar que era yo quien quería rodear sus brazos cuando estuviera triste, que era yo quien quería recorrer con besos toda su espina dorsal para aterrizar en su cuello, que quería robarle un suspiro y un sentimiento, que quería un momento mágico a su lado. Un momento que nos perteneciera en exclusiva, para que luego pudiera recordarlo y sonreír para sus adentros. Quería que él estuviera tan seguro como yo y lo quisiera dar todo por mi. Y aunque no hubiese querido, yo sí lo habría dado todo por él. Habría dado mi vida y le habría dedicado todos los latidos de mi corazón, porque en ese momento creía que era la única persona que me hacía falta para seguir adelante, que era demasiado duro sin verle aparecer y sonrojarme. Me quedaba mirándole de lejos y me salían rosas de la boca si me hablaban de él.
Estaba enamorada. 3 segundos que significaron una tormenta de sentimientos que arrasó con todo y me dejó sola en medio de la nada con el corazón en una mano y su nombre en la otra.
Luego, todo cambió y la tormenta pasó a calma, las cosas volvieron a su sitio y yo olvidé su nombre en un cajón. Pero no pude desprenderme de la huella permanente que había dejado al pisar mi corazón. Si repasaba la cicatriz con la punta de los dedos, leía entre líneas todo lo que quería vivir a su lado y era capaz de sentir de nuevo. Pero me había acostumbrado a su presencia y la montaña rusa poco a poco se desvaneció para dar paso a un suave paseo en góndola. No dejé de querer estar con él, siempre será alguien especial para mí, pero aunque a veces intentaba no creerlo, ya no sentía lo mismo.
Así que sí, es posible enamorarse en 3 segundos. El enamoramiento, esa sensación de andar a cinco centímetros del suelo, es un estado pasajero. Pero amar, querer para siempre... Quizás eso no se consigue ni con todo el tiempo del mundo.
jueves, 4 de agosto de 2011
Otra vez.
Hoy lo he vuelto a soñar.
Era simple. Ni siquiera recuerdo donde estábamos, sólo sé que había una pared blanca, y allí despaldas estabas tú. No te vi, nadie dijo tu nombre, no llegué a oír tu voz, pero tenía la absoluta certeza de que eras tú. Nadie te conocía como yo. Entonces vine yo por detrás y te abracé, uno de esos abrazos que llegan al alma. Y se detuvo el tiempo y se paró todo, y yo pensé cuánto tiempo hacía que estaba esperando este momento, la sonrisa de mi cara era completamente proporcional al tiempo que llevaba sin ti, y ni siquiera podía creer que en ese momento, fueras real. No lo eras, pero yo aún no lo sabía. Te susurré que tenía muchas ganas de verte, y que había hablado tanto de ti que todo el mundo quería conocerte. Sé que sonreíste, lo noté, aunque no lo vi. No sé cuanto tiempo pasé allí, no puedo recordar si te dije algo más, si llegaste a contestar, solo sé que en ese momento todo volvió a ser como antes, como cuando estabas conmigo. Entonces desperté. Sola en mi cama, miré hacia la pared y no te vi, ya no estabas. Y empecé a recordar esos dos, tres minutos que duró mi sueño. Y no me importó que ahora la nostalgia me golpeara en la cara, y no me importó saber que estaría todo el día intentando recordar tu mirada, porque durante esos minutos te sentí cerca.
Y solo por eso ya valió la pena.
Era simple. Ni siquiera recuerdo donde estábamos, sólo sé que había una pared blanca, y allí despaldas estabas tú. No te vi, nadie dijo tu nombre, no llegué a oír tu voz, pero tenía la absoluta certeza de que eras tú. Nadie te conocía como yo. Entonces vine yo por detrás y te abracé, uno de esos abrazos que llegan al alma. Y se detuvo el tiempo y se paró todo, y yo pensé cuánto tiempo hacía que estaba esperando este momento, la sonrisa de mi cara era completamente proporcional al tiempo que llevaba sin ti, y ni siquiera podía creer que en ese momento, fueras real. No lo eras, pero yo aún no lo sabía. Te susurré que tenía muchas ganas de verte, y que había hablado tanto de ti que todo el mundo quería conocerte. Sé que sonreíste, lo noté, aunque no lo vi. No sé cuanto tiempo pasé allí, no puedo recordar si te dije algo más, si llegaste a contestar, solo sé que en ese momento todo volvió a ser como antes, como cuando estabas conmigo. Entonces desperté. Sola en mi cama, miré hacia la pared y no te vi, ya no estabas. Y empecé a recordar esos dos, tres minutos que duró mi sueño. Y no me importó que ahora la nostalgia me golpeara en la cara, y no me importó saber que estaría todo el día intentando recordar tu mirada, porque durante esos minutos te sentí cerca.
Y solo por eso ya valió la pena.
sábado, 23 de julio de 2011
Estaremos tú y yo.
Y nadie más. El sol que se filtre por las ventanas alumbrará tus ojos verdes, y todo se llenará de luz cuando pronuncies mi nombre. La calle se irá apagando, quizás empiece a llover, quizás haga calor. Dará igual, seremos ajenos a todo lo que nos rodea, porque en ese preciso instante, solo estaremos tú y yo. No sé el tiempo que durará, de todos modos, van a pararse los relojes en el segundo exacto en el que se crucen nuestras miradas. Todo dejará de girar, el universo entero conspirará para que te acerques un poco más, para que pueda casi sentir tu respiración, tu aliento. Entonces me darás fuerzas, me dirás que puedo hacerlo, que siga adelante, que seguro que todo sale bien, que crees en mí y que pase lo que pase, me darás ánimos entre la gente. Y cada frase sonará inmensa en mis oídos y me acelerará el pulso. Y si entonces sonríes, me derritiré. Solo como tú me haces derretir, aun a treinta grados bajo cero. Y luego llegará el frío, me helaré y mis manos temblarán al compás de tu voz. Mi corazón enmudecerá cualquier otro sentido, pensaré que quizás hoy no aguante, que quizás hoy abra la boca y te diga que te quiero, o que eso creo. Aunque, da igual. Sé que no voy a decir nada, que otra vez me quedaré callada y asentiré con la cabeza mientras te vas. Y con cada paso se me romperá el corazón en mil pedazos diminutos, pero... no podré. No podré gritar tu nombre y cogerte de la mano, eso tan típico de retenerte en el último instante y besarte, para que sobren las palabras y para que entiendas de una vez todo lo que trato de decirte entre miradas, suspiros y otros gestos ininteligibles. Quizás el problema es que no me atrevo a ser feliz. O que no me atrevo a serlo contigo. Porque es demasiado complicado, porque todo juega en nuestra contra, porque hay gente por medio, porque tengo miedo. Miedo de que me digas que no puede ser, y de que sepa que tienes razón. Que todo acabará dentro de nada y que entonces, quizás no volveremos a vernos, que te echaré de menos y que siempre guardaré bajo llave todo lo que me has hecho sentir. Porque sé que es real, sé que es de verdad y aunque no lo creas, haría lo que fuera por darle una oportunidad, por intentarlo contigo, por hacer que todas las cosas funcionaran y no tener que mirarte desde la distancia, no tener que pensar que si te alejas un centímetro más, dejaré de respirar. Haría lo que fuera por vencer este miedo, este miedo que nace desde algún lugar de dentro y que recorre cada célula, inhabilita cada músculo. Este miedo que me paraliza cuando te acercas. Quisiera ser diferente, no bajar la mirada, no sentirme como una completa inútil a tu lado. Pero no puedo, no puedo porque te quiero. Y cuando quieres a alguien, y sobretodo, cuando sabes que esa persona jamás sabrá nada de lo que sientes, es difícil ser valiente. Porque es imposible encontrar el valor en el corazón.
jueves, 14 de julio de 2011
Consecuencias.
Sería lógico que te diera una explicación. Vaya, sé que es lo que esperas de mi, que venga corriendo hacia ti y te cuente porque me fui, así, sin decirte nada. La verdad es que no tiene sentido, ni lo tuvo entonces. Quería quedarme, quería quedarme a tu lado toda la noche, quería intercambiar contigo besos y caricias, quería verte susurrar en sueños. Pero algo me dijo que tenía que irme, alguna fuerza invisible me empujó irremediablemente lejos de tus brazos y todo se desvaneció. Fue cuestión de segundos, quizás ni eso, fue una palabra, casi ininteligible. Miedo. Miedo de todo lo que podría venir después. Fue miedo a quererte y a que me quisieras, miedo de este huracán de sentimientos que escondía dentro de mí y que podías desatar con solo un abrazo. Miedo a demostrarte que tenías razón, que podía dejarme llevar y olvidarme de todo, y que no importaba nada más. Pero no es así. Quizás el problema es que sí me importaba todo lo demás, que soy incapaz de separarme de todo a lo que me ato para estar contigo, aunque eso implique ser feliz. Fue egoísta por mi parte, pensé solamente en mí y ni siquiera me paré a pensar que quizás te estaba haciendo daño, que tú me esperabas, que tenías la seguridad de que volvería. Pero no lo hice, y di media vuelta, abandonando el futuro que se extendía en nuestras manos, pisando esas mañanas en las que podría levantarme y serías la primera persona en darme los buenos días, atropellando cada uno de los te quiero que podrías haberme susurrado al oído, cada canción que podría haber sido nuestra. Dejé eso atrás y te abandoné, como un cobarde que huye porque tiene miedo de las consecuencias que conlleva amar.
Eras tú.
Empiezo a pensar que necesitamos hacernos daño para continuar con esto. Empiezo a pensar que parece que nos gusta discutir. Empiezo a pensar que, a veces, tengo que pensar un poco más las cosas antes de decirlas. Y sobretodo... empiezo a pensar que realmente, no puedo permitirme el lujo de perderte.
Y yo sólo quería decirte que lo siento, que siento haber montado todo esto y aunque te dije lo que pensaba, y incluso más cosas que ni siquiera creía, a ti no puedo hablarte así. Porque eres de las personas más importantes que tengo en mi vida, y de las que jamás tendré, lo sé. Así que solamente puedo decirte que, pase lo que pase, decidas lo que decidas, yo no pienso romper ninguna de nuestras promesas, y que a mí me vas a tener para toda la vida. Porque es de las pocas cosas buenas que te he dicho últimamente y es la única que seguiré pensando en cualquier momento. Te lo dije una vez, todas las hermanas se pelean pero a pesar de todo, siguen siendo hermanas. Y eso no lo puede romper nada. Ni nadie.
No puedo explicar las incontables ocasiones en las que has estado a mi lado, en las que me has hecho reír, llorar, o en las que hemos llorado, ya sea juntas o quizás por culpa de la otra. No puedo explicar lo que significas para mí porque solo llegados a este punto, puedo entenderlo. No puedo vivir, no puedo decir que estoy bien sabiendo que tú no lo estás por mi culpa, o que te hirió algo de lo que hice o dije. En cierto modo, hay ocasiones en las que una persona se equivoca, y hace algo sin pensar en las consecuencias que esto puede tener. No pienso que seas de ninguna manera, eres una de las personas más buenas que conozco y aunque te sobran virtudes, te quiero por cada uno de tus defectos.
Sé que no pretendías hacerme daño pero hay veces que las cosas se nos van de las manos, y puedes estar hiriendo a una persona sin saber que en realidad lo estás haciendo. Y puedo decir lo mismo de mi. Hay veces que las palabras se miden sin pensarlo, que salen en momentos en los que ni siquiera tú sabes lo que estás intentando decir. A veces, solamente queremos demostrarles a esas personas que estamos heridos a base de herirlos a ellos. Pero yo no puedo. No puedo hacerte daño, a ti, que eres una hermana. A ti, que pase lo que pase me has apoyado en todas las decisiones que he tomado, y siempre has intentado que fuera feliz, siempre has conseguido sacarme una sonrisa. Solo al echar la vista atrás puedo comprender que, una vez llegados a este punto, lo que recuerdo son los momentos de complicidad, los abrazos, las charlas, las veces en las que nos hemos entendido con una mirada. Las cosas que hemos hecho y las que nos quedan por hacer, las promesas que un día juramos que no íbamos a romper.
No eres la amistad más duradera, no eres la persona con la que más hablo por teléfono y he estado dos veces contadas en tu casa. Pero no me hace falta eso para saber que eres de verdad, que eres de las pocas que quedan así, y que, al ver que no te tenía, supe que me faltaba algo dentro de mí. No puedes imaginar lo que te quiero, quizás no lo sabía ni yo, y en muchas ocasiones no he podido demostrártelo lo suficiente. No he pensado que quizás hacía cosas que tampoco a ti te sentaban bien y aun así no me paraba a pensar, y ahora... por una estupidez como esa, dejamos de hablarnos. No puedo, no quiero que pase. Porque si no te tengo, aunque no hablemos, aunque no nos veamos, aunque te vayas a cualquier sitio de Almería perdida, si no te tengo, si sé que cuando esté mal no voy a poder contar contigo, si sé que tienes un problema y no podré hacer que te olvides de él, si sé que si alguien te hace daño no podré defenderte hasta la muerte... Si no hago todo eso, no soy yo. De verdad, no estoy completa. Me falta algo, me faltas tú.
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