miércoles, 4 de mayo de 2016

¡Me mudo!

¡Hooola!


He decidido cambiar de página.

Me he comprado un dominio y todas esas cosas tan profesionales, así que ahora podéis encontrarme aquí. (Es lo mismo pero acabado en .com y con un diseño más molón. Y que con Wordpress me aclaro mucho más, todo sea dicho). Está todo exactamente igual, comentarios, entradas... Pero en otro sitio. Renovarse o morir.


Visitadme pronto, que después de cinco años molestando con mis ñoñerías me da pena y todo.


¡Muchas gracias!


Elena.

Sobre cómo seré yo si no es contigo

Y me dices así, con esta voz tan tuya, que me enamore, que sea feliz.
Y yo te miro y pienso en cómo diablos voy a ser feliz si me sonríes así.
Que cómo voy a ser feliz con alguien que no seas tú.
Que cómo seré yo, si no es contigo.
Es difícil encontrar palabras para describir la sensación que me eriza la piel cada vez que me miras. Porque al fin y al cabo, el amor sólo era eso, cuestión de piel. De descuadrar esquemas, de que me tires por el suelo todos mis dogmas, y que se me desangren las venas con oír tu voz.

Mira lo que has hecho conmigo, ya no sé ni qué escribir.
Me has robado las palabras y el sentido común. La capacidad de razonar para quedártela a tu antojo, y hacer con mi coherencia lo que hace el otoño con las copas de los árboles.
Me has convertido en una versión de mí misma que no sé reconocer, alguien que empieza y acaba el día soñando con robarte una sonrisa de alguna manera u otra.
Y se me caen las ideas a tus pies cuando apareces, y siento que sólo cuando tú estás estoy en el sitio adecuado. Al lugar donde pertenezco, como si casa ya no fuera un sitio sino tú.

Me encantaría que las cosas no fueran como son,
que tú no fueras tú,
y sobre todo, que yo no fuera yo.

Pero supongo que si el universo ha conspirado para que nos encontremos así,
también va a hacerlo para que nos despidamos de la misma manera.

Y sé que llegará el día en que ya no pensaré en ti, que serás recuerdos. Partes que irán diluyéndose en mi memoria a medida que otras le vayan sustituyendo. Aunque quien ha tenido la mala suerte de encontrarse con la magia en el peor de los momentos sabe que quién ha sido magia nunca deja de serlo. Y que te encontraré en las esquinas, en las baldosas de tu calle, en la mediocridad del resto de la gente. Y de vez en cuando pensaré en ti como si no pasara nada y como si nunca te hubiera dejado escapar porque no estaba en mis manos. Pensaré en la ironía del destino y en la injusticia de haber tenido licencia para mirarte a los ojos y haber apartado la mirada. Pensaré en todas las cosas que nunca te he dicho, y en lo que te voy a echar de menos sin que tú te lo imagines. Ojalá encuentres a alguien a quien también se le descontrolen los latidos cuando le hablen de ti, y yo encuentre a otra persona de la que escribir bocetos que nunca irán a ningún lado.

Como todo esto.
Como casi siempre.
Palabras desencadenadas buscándole sentido a una historia que nunca lo ha tenido.
Porque desde el principio se ha tratado de esto.
De descrifrarte entera, aún a riesgo de abandonarme a mí en el intento.
De buscarle explicación,
de encontrar una razón,
y acabar perdiendo el juicio.

jueves, 28 de abril de 2016

Sobre la vida y otros tópicos

Celebremos la vida por aquellos que ya no están. Celebremos cada maldito minuto como no lo podran hacer aquellos a los que les han arrancado la esperanza de cuajo. Y aquellos que los amaban. A los que no les han quitado la vida pero sí las ganas de vivir, que es como respirar en muerte emocional.

Te lo debo a ti y a todos de los que no conozco el nombre. Se lo debo a tus padres, a sus hermanos y a sus amigos. Me lo debo a mí y a toda la gente con la que me he cruzado. A todos aquellos que han dedicado alguna vez un minuto a pensar en mí. A los que les hemos conseguido sacar una sonrisa, y con el permiso de a quién hemos hecho llorar, también a ellos.

A veces no somos concientes de que es un privilegio poder despertarse cada día por la mañana. De que es también suerte que podamos quejarnos porque llueva, porque se nos estropea el pelo. Que perdemos las ganas de seguir con la rutina, como si no fuera suficiente regalo solamente el poder hacerlo.

Hace tiempo que empecé a tener miedo de los planes a largo plazo, y a invadirme una especie de miopía temporal cuando intento mirar hacia adelante. Veo borroso el futuro que supuestamente se abre delante de mí porque me he incapacitado para tomar decisiones que no sé a ciencia cierta que llegaré a ejecutar. Me da miedo hablar esperanzada de mis sueños, por si no llegan a cumplirse y tengo que analizar con nostalgia todo lo que esperaba llegar a ser y no he sido. Y aunque suene a manual de tópicos, prefiero vivir hoy intensamente por si el mañana nunca llega.

Reflexiono sobre la vida con el vestido de una sabiduría que por edad me queda grande, pero hablo desde una experiencia que quizás nunca le ha ido a la par. He deseado crecer desde que era una niña, siempre esperando una época que no me tocaba, siempre queriendo llegar a una meta. La de los 16, la de los 18, la de los 30. Y así miro hacia atrás y a veces me arrepiento de no haber exprimido los catorce años con la inocencia de quien es consciente de que los tiene. Siempre he puesto la mirada hacia adelante, convenciéndome de que era mucho más mayor de lo que era. Y a veces lo he sido. Y no he podido evitar sentirme fuera de lugar por conectar con alguien que me infravaloraba de primeras. De oír cómo ignoraban mi opinión sin darme la oportunidad de escucharme. Siempre he querido hacerme oír y ahora que empiezo a abrirme paso, le cojo miedo a la vida.

Es difícil aferrarse a ella cuando te parece algo tan frágil como una copa de cristal en una vía de tren. Paso demasiado tiempo intentando protegerme de fuerzas contra las que, al final, no voy a poder hacer nada. No creo en el destino porque no creo en no poder ser responsable de todas las decisiones, ni en caminos que te llevan a ciegas sin que tú los hayas escogido. Prefiero pensar que soy dueña de lo que hago, y que si me equivoco, puedo hacerlo mejor, sin caer en la trampa de culpar a algo intangible. 

Esta es una declaración de intenciones, una especie de legado que sólo puedo dejar con mis palabras. Tengo tantas ganas de comerme el mundo que a veces se me atraganta. Pero me levanto de nuevo como si el fracaso de ayer nunca hubiera sucedido y hoy fuera una nueva oportunidad para ser la persona que quiero. 

No sé lo que pensaré mañana, pero esta es hoy, la versión de mí. 

martes, 26 de abril de 2016

Despedidas

Me acordaría perfectamente del día en que me despedí definitivamente de ti si alguna vez lo hubiera hecho.

Me acuerdo de las noches escribiéndote, de los momentos en que tenía que borrar las frases y volver a construirlas porque con ninguna sabía expresar cómo se me estaba rompiendo el corazón exactamente.

Que intenté plasmar todas las grietas, y que intenté escribir porque me sangraba la voz al intentar hablarte.

Pensé en llamarte con un discurso elaborado que de nada hubiera servido porque, de nuevo, hubiera colgado sin decirte adiós, como si fuera esa la palabra maldita que no quería pronunciar por miedo a que se hiciera realidad.

Pasé demasiado tiempo ahuyentando la idea de no volver a verte nunca más, sabiendo que algún día tendría que toparme con ella de frente, y al pedirme explicaciones, tampoco sabría cómo responder. “¿Por qué te has negado todo este tiempo?” La felicidad no era esto. Pero para mí era inimaginable proyectar un futuro en el que no tenía cabida tu sonrisa, y prefería escudarme en los recuerdos porque todo lo que rodeaba a la realidad me parecía insuficiente.

Intenté escribir el documento definitivo una y otra vez, una declaración de intenciones que pusiera el punto y final a una historia que se había cerrado hacía demasiado tiempo, pero cuando tuve el valor para hacerlo, ya no tenía sentido.

Y ahora, mirando hacia atrás en una especie de retrospectiva emocional, comprendo que, sin darme cuenta, llegó el momento. El momento de decirte adiós con la cabeza y con el alma. Y que no vino acompañado de ninguna carta ni ningún mandato, que ni siquiera me di cuenta de cuándo dejé de pensar en ti, de cuándo dejé de desear que quién me besara fueras tú. No sé en qué punto exacto dejé de imaginarte por las noches, o de buscarte por las esquinas, ni de encontrarte entre mis sueños. Desapareciste poco a poco de mi vida sin necesidad de despedidas, y ahora afronto el pasado con la sonrisa en la mano y el corazón en su sitio de nuevo.

Porque también he aprendido que hay historias que no necesitan finales. Que el tiempo se encargará de cerrar las heridas en el momento preciso.

Me despedí de ti hace tiempo desde la verdad más absoluta. 
Cuando quise no era el momento, y ahora ya no lo necesito.

miércoles, 13 de abril de 2016

Hoy no sé en qué creer

Me gustaría, por un día, que alguien, algo, me dijera qué es lo que tengo que hacer y cómo lo tengo que hacer. Hoy no quiero arriesgarme, quiero apostar seguro.
Que me digan que lo intente mañana, que va a salir bien.

Ya lo sé, que la magia reside precisamente en este tipo de incertidumbre. Que las cosas más maravillosas son las que aparecen de la nada. Las que te despeinan el alma de un minuto para otro. Las que ves venir como un coche sin frenos sin que puedas hacer nada para pararlo.
Que se deben romper los corazones, que a veces hay que dejarse apedrear las ilusiones para aprender. Aprender lecciones que no están en ningún manual ni en ningún libro de texto. Que no hay directrices más sabias que las que se adquieren en la oscuridad. Que hay que dejarse inundar de ella para aprender a apreciar la luz. Y hay que llorar cincuenta veces para valorar que, la siguiente, ni dolerá tanto, ni te cogerá tan desprevenida.

Volvería a cometer todos mis errores porque sin ellos no sería quien soy, ni estaría donde estoy. Sin ellos no hubiera llegado aquí, ni hubiera conocido a ángeles con apariencia de personas con los que me he cruzado por el camino.

Pero ya he aprendido suficiente del dolor, y hoy no quiero arriesgarlo todo a una carta. No quiero correr el riesgo porque, por una vez, sí que me importa perder. Quizás esta vez prefiero vivir con el “¿y si?” que saber que la respuesta hubiera sido un no. Por una vez quiero culparme a mí por no haber hecho lo suficiente, aunque la duda me martirice todas las noches. No quiero conocer esos fantasmas porque prefiero pensar que si no sucedió fue porque no lo intenté a saber que no sucedió porque nunca fui lo suficiente.

No creo en el destino, pero hoy prefiero abrigarme debajo de esta cobarde excusa.

Será por miedo,
o porque por una vez

no quiero ser yo la valiente.

domingo, 3 de abril de 2016

Que dicen que hay cinco minutos de tu casa a la mía



...pero ellos ya saben que yo tardo el doble porque me tiemblan las piernas. 

Desde la punta de tu esquina se deben oír los latidos de mi corazón, bombeando al ritmo de las ambulancias que serpentean por la ciudad a las tres de la mañana. Desde tu ventana, se me vería llegar, tocándome el pelo, exhalando humo y ganas de verte. Que de esas me sobran, y lo que me falta, muchas veces, es la valentía para decirte que hoy sí, que me he despertado sabiendo que ya te quiero. 

Y que ya lo supe mucho antes, desde el día en que me empezó a vibrar el pulso cuando oía tu voz desde la otra punta de la habitación. Que me ponía celosa al escuchar tu nombre en los labios de otro, como si esas dos sílabas sólo sonaran bien en mi voz. Y me ponía nerviosa incluso al pronunciarlo, y me sacudía las partículas llamarte, como si fuera a desgastarte la atención de tantas veces que algo me impulsaba a hacerlo.

Como si de todas las cosas que te conté, aún no te hubiera dicho las más importantes. Como si cada día para mí fuera una aventura en cualquier paseo a la manzana porque lo daba contigo. Y siempre volvía a casa sonrojada, y castigando con los tacones a las baldosas de mi calle, porque me había(s) encantado una vez más y tú aún no lo sabías. 

Y reía sola por la calle recordando que otra vez, habíamos dicho las mismas palabras de manera sincronizada. Y que te miraba y pensaba "bendita la suerte de los que te conocieron en el momento adecuado". Y maldita la mía, por encontrarte tarde.

Y pensaba que de poemas se habrían llenado los bolsillos aquellos que habían conocido tu espalda. Y los que te habían visto despertarte a destiempo a media mañana. Y moría de celos una vez más por ocupar el lado incorrecto de tu cama, y por estar siempre un paso por detrás. 

Observaba como te miraba la gente por la calle, y deseaba que les quemaran las pupilas por mirarte demasiado, como si todo el mundo en este garito quisiera hacer el amor contigo. 

Y por un momento olvidaba que no, que no eras mía, y que no tenía licencia para partirle la boca al que quisiera llevarte a su casa a por la última copa.

Pero qué quieres, se volvió todo inevitable. Y empecé a echar de menos lugares en los que nunca habíamos estado.

Que de injusticias podría hablar durante años seguidos, solamente en fijarme en cómo se te sube la falda cuando corres porque llegas tarde. No te das cuenta de las veces que te observo porque siempre tienes otro sitio donde poner la atención, pero si lo hicieras, admitirías que son demasiadas.

Que sobrepaso el límite estipulado para aquellos que han perdido la razón por alguien con quien nunca han estado predestinados. 

jueves, 31 de marzo de 2016

Tengo miedo

Tengo miedo de quedarme a solas conmigo. Tengo miedo de que el inconsciente me traicione y me susurre al oído todas las cosas que sé que van a pasar, pero que aún no quiero oír.
Tengo miedo de tener que despedirme. De que la realidad me golpee con toda su fuerza y me mire sonriendo, pensando “pobre ilusa, nunca ha habido opciones de acabar de otra manera”. Y tengo miedo de mirarme al espejo y fijarme en mis ojos. Tengo miedo de perder el brillo, de sentirme así de vacía el resto de mi vida. Tengo miedo de que esto pueda conmigo.
Tengo mucho miedo porque es injusto ganarse el cielo poco a poco y que te lo arrebaten en un segundo.
Echaré de menos cada momento que he estado a tu lado, y sé que una vez me marche, miraré las fotos, las cartas, las llamadas con nostalgia, intentando deshacerme a toda prisa el nudo que se me formará en la garganta para no echarme a llorar. Y si algún día nos cruzamos por la calle, fingiré que no me rompe(s), que ya ha pasado, que soy feliz, que me encanta mi nueva vida.
Pero tú y yo sabremos que no es así.

Es muy difícil aprender a afrontar un final. Se necesita un valor enorme que ya no sé dónde buscar. Por una vez, me gustaría que la valiente fuera otra. Me gustaría admitirlo, ser cobarde, esconder la cabeza, bajar la mirada. Que hoy no quiero afrontar mis problemas, que no quiero ni siquiera pensar que existen. Que aunque suene a tópico, lo que yo quiero es ser feliz, y es que aquí lo he sido tanto...

Cuando la sombra de estos pensamientos amenaza con volver a invadirme las emociones, me sacudo un poco el alma, relativizándolo todo como he aprendido a hacerlo después de tantos años. Pero hoy, ahora, no quiero. Hoy quiero darle la importancia que se (me) merece. Y quiero quejarme como una niña, y quiero estar triste porque es lo único que se me ocurre. Y me escondo debajo de las sábanas, intentando no dar rienda suelta a todo esto, pero otra vez, el maldito miedo, me atenaza las fuerzas.  

jueves, 10 de marzo de 2016

Acércate, que voy a curarte el alma

Acércate, que voy a curarte el alma.
Te voy a besar el rastro invisible que han dejado en tus mejillas todas aquellas lágrimas,
las que apagabas con el sonido del agua
cuando creías que nadie te escuchaba.

Que tienes aún las pupilas manchadas de tristeza,
y ese tono en la voz de los que guardan secretos
y han roto demasiadas promesas.

Aún vistes la sonrisa cansada de los que sonríen por rutina,
que hace tiempo que no oigo cómo estalla tu risa
manchando de color estas paredes tan vacías.

Los lunares de tu espalda han sido besados por tantos nombres desconocidos
que ya no recuerdas qué historia se escondía detrás de cada par de labios.
Que después de tantos años has olvidado lo que era volver a casa cantando,
y tachar los días del calendario esperando esperar algo.

Que ahora voy a borrarte los malos recuerdos,
desanudarte los nudos de la garganta,
aligerar el peso que cargas sobre la espalda.
Que tienes las piernas como para perder la cabeza,
pero han pisado demasiado sobre suelos equivocados.
Tienes escrito en la frente el rastro de caminos que no te han llevado a ninguna parte,
y has perdido el norte queriendo encontrarlo.

Que voy a ser guía si me dejas llevarte,
y a allanar el asfalto para que no vuelvas a tropezarte,
que de barrancos y abismos he aprendido bastante.

Y que a veces es necesario ser ancla para que otros puedan amarrarte,
y dejaría mi puerto vacío para albergar todos tus barcos,
que avanzar,
a veces,
también es dejar que otros se marchen.

Pero ven, que yo ya sabes que te espero desde hace tiempo,
que cuando pones la carita triste detienes el mundo en invierno.
Que no hace falta que lo deje todo, que lo perdí al encontrarte.
Que fuiste cursiva, negrita,
y punto y aparte,
y me sigo chocando contigo al final de mis frases.

Que juntaría tus pedazos a versos
si las palabras fueran alguna vez suficientes,
pero contigo se me atraganta la voz
 y se me corta el aliento.

Déjame arrancarte las tristezas de raíz,
devolverte los sueños para que vuelvas a dormir,
que todas las heridas
encuentran cirugía
para borrar su cicatriz.

Y a veces me parece que cuando miras al cielo
lo que esperas sin quererlo es que se cumplan tus deseos,
y ojalá supieras que el único cielo que yo conozco
lo descubrí el primer día a través de tus ojos.

Y por eso me rompe que pierdan su brillo,
que si a la noche,
le quitas la luna,
pierde también el sentido.

Que ya me encuentro buscándote,
casi por instinto,
porque el amor es una cosa,
pero quererte a ti,

es distinto.

martes, 1 de marzo de 2016

Espejismos

Que ya no es por dormir contigo, que es por despertar.
Que no es por verte así, cuando te maquillas y paras hasta el tráfico.
Que no es por cuando me quitas el aliento,
ni cuando me dejas sin respiración.
Es por cuando me la aceleras,
apareciendo por la puerta así, como si nada,
cómo si no fueras consciente de los terremotos que provocas detrás de tus tacones.

Que no es por cuando te ríes, que es por lo que esconden tus ojos,
que a veces están tristes.
Que es por las ganas de saber lo que no te deja dormir,
a lo que le das vueltas,
lo que a veces, sin quererlo, te hace llorar de impotencia.

Es porque, a veces,
sólo a veces,
siento que no te he conocido ahora,
que ya te echaba de menos,
que te he estado esperando sin saber dónde,
ni hasta cuando.

Que te tengo delante y nunca es demasiado cerca,
que te miro a escondidas desde demasiado lejos,
que no me ves,
que estoy,
y tú también,
pero a veces,
sólo a veces,
como si no estuviéramos en el mismo lugar.

Y eso me rompe por dentro,
como si en el fondo sólo fueras un espejismo de lo que en realidad veo,
que eres demasiado buena,
y demasiado guapa,
y demasiado todo,
y yo, en el fondo, no tengo ni siquiera licencia para admirarte.

Si supieran los otros las veces que te he imaginado desde todas las perspectivas,
desde arriba,
desde abajo,
desde el primero hasta el último amanecer,
desde la luz que se debe filtrar por tus ventanas cada mañana,
desde el reflejo de tu retrovisor.

Porque a veces,
sólo a veces,
me imagino ahí contigo.
Y me da esa fuerza estúpida que ni siquiera sé para qué quiero.
Y es por eso que luego no me atrevo a saludarte, como si al cruzarnos la mirada,
fueras a descubrirme entera,
y a decirme sin palabras,
que todo lo que te he pensado han sido sólo deseos fugaces,
que sólo convergemos en un tiempo y un espacio limitado,
y que más allá de ahí,
en realidad,

no hay nada.

lunes, 29 de febrero de 2016

Inalcanzable

Sería injusto no escribir sobre tu sonrisa. Es por eso que me encuentro aquí, frente a esta hoja en blanco, intentando describir la manera en la que se me eriza la piel cuando pasas por mi lado.

El color del océano se vuelve ridículo cuando te da el sol en los ojos, y parece que un universo infinito se haya concentrado en ese espacio tan pequeño. A veces me asusta incluso mirarte, como si al entretenerme dos segundos más de la cuenta fuera a descubrir todas aquellas pequeñas cosas que guardas dentro. O como si tú fueras a ver en mí todo aquello que no quiero que sepas.

No sabes cuántas veces te miro a escondidas, o espero de reojo a que mires hacia mi lado para buscarte la sonrisa casualmente. Como si los encuentros furtivos de nuestras miradas no estuvieran planeados. Como si no me pasara las noches en vela pensando en cómo sería pasarlas a tu lado. 

Recuerdo con toda claridad el momento exacto en que te vi por primera vez, justo el mismo en que supe que eras tú. Que nunca serías para mí pero que, a partir de ese momento, me iba a costar mirar a nadie más con los mismos ojos. Qué difícil ha sido conocerte, para darme cuenta de que hay perfecciones mucho más abrumadoras que cualquiera de los cánones de belleza conocidos y por conocer. Lo sencillo que resulta devolverte la sonrisa, y lo bonita que suena tu voz cuando te quejas medio dormida. Creo que desde ese primer encuentro te he estado echando de menos casi diariamente, como si el saber que existes mortificara la realidad de saber que, en realidad, jamás vas a ser mía.

Es por eso que me parecía que no escribir sobre ti era casi intolerable. Que musas como tú ocurren una vez en la vida. Y a veces, de esta manera. Efímeras. Inalcanzables. Como si vinieran enviadas de alguna especie de cielo para recordar a los mortales que hay algunos ángeles que sí tienen sexo, y talento, y una infinidad de cosas más que podría decir de ti.


Seguiré mirándote cuando no te des cuenta, y buscando excusas tontas para hablar contigo, preguntándome si algún día volveré a coincidir en esta vida con alguien tan especial como tú. Y si te encuentro en otra gente, en otra persona, y sepa que vuelves a ser tú (aunque no te llames igual ni tengas el mismo color de pelo, ni la misma magia en los ojos), si entonces será el momento y el lugar para no dejarte escapar.

domingo, 10 de enero de 2016

De ti y de mi

Tengo los ojos abiertos como platos y no puedo dormir. Pienso en ti y en mi. En cómo llegamos hasta ese punto. En el momento en que decidí que no volveríamos a vernos. Pienso en el momento en que se rompió todo, y me pregunto si hubo un segundo exacto. Si de repente, decidiste que ya me habías querido suficiente. Que ya no más. Pienso en dónde estarías en el momento de tomar la decisión. Pienso en esta historia ahora desde tu perspectiva. En las noches que yo pasé llorando sin saber qué hacías tú. Quizás llorabas, aunque nunca has sido muy de llorar. Que preferías coger esa coraza y vestirla siempre, diciendo que no sabías querer para darle al mundo una razón para que no te quisiera de vuelta, como si así si te rompían el corazón era porque tú lo habías decidido así.

Qué mentira, si hay algo sobre lo que no se puede decidir es sobre el amor. 


martes, 29 de diciembre de 2015

Cuesta ponerle un título a las palabras más sinceras

Enero amanecerá sin ti. A veces me sorprende la frialdad con la que pienso en ello. En que no vas a estar aquí para atragantarte con las doce uvas, o en que no vas a volver a emborracharte ni a decirme que tienes alguna de tus historias que contarme. Pero es que si no me tomara esta distancia, se me rompería el corazón cada vez que pensara en ti. Es irónico que la mayor parte de las cosas que me has enseñado las he aprendido ahora que ya no estás aquí. Tú, que siempre decías que me admirabas, te sorprenderías de saber lo mucho que me has cambiado. Aún no entiendo el vacío que has dejado en todas las cosas que dejaste a medias, y en todas las que aún no habías podido empezar, y hablo en serio cuando te digo que por más que pasen los días, no me creo que no volverás. Todos hablamos de ti como si aún estuvieras aquí, y lo hacemos con una sonrisa en la cara para disimular que, de repente, nos brillan los ojos y nos tiembla la voz. Me da un vuelco el corazón cada vez que tengo que pronunciar tu nombre, y se me anuda la garganta cuando veo una foto tuya. A veces por accidente, a veces para que no se me olvide el color de tus ojos, ni el de tu sonrisa.

Mi vida no ha vuelto a ser la misma desde esa mañana, y jamás podré olvidar el segundo exacto en el que cambió todo. Que desperté siendo una y me acosté siendo una extraña en mi propia cama. Parecía que lo estuviera viendo todo desde el espacio, las cosas se movían a cámara lenta, y yo intentaba agarrarme a la realidad que conocía de una manera desesperada, intentando obviar lo inevitable: que todo se estaba desmoronando y jamás volvería. Todo lo que pensaba que sabía sobre la vida se fue con la tuya.

Y ahora me encuentro aquí escribiendo estas palabras como si esta historia no fuera la mía. Como si fuera otra persona la que hubiera tenido que pasar por todo esto, porque en mi cabeza, estas cosas no pasan. Sabes que sucede, pero no a ti. Y ahora el mundo se está desmoronando y todo empezó contigo, que me arrancaste los parámetros de golpe, de cuajo, igual que el corazón esa mañana de Diciembre, y sé que una parte de él te la llevaste contigo.

Tengo miedo, amiga, tengo mucho miedo. Me cuesta admitirlo, pero no hace falta que te lo explique porque ahora que no estás conmigo es cuando siento que más estás a mi lado. Que puedes observarme desde un cielo en el que nunca he creído y que sabes lo que estoy pensando. Y también sabes que no puedo ni siquiera escribirlo así que confío en que esto te baste para acabar de comprenderlo. Tengo un miedo terrible porque he aprendido que las cosas malas sí suceden. Y que no te avisan. Y que te cambian todo lo que conocías en un puto segundo. Que son inevitables. Que tienen una fuerza superior a cualquier otra. Que te sacuden y luego te dicen "y ahora vuelve a tu casa, y mañana te levantas, desayunas, y sales a la calle porque el tiempo no va a pararse por más que lo desees". Y que yo no quiero. Y hasta ahora, aún sabiéndolo, nunca lo había entendido.


Hay tsunamis que arrasan con todo, con cosas que no pueden explicarse con palabras. Hay tsunamis que arrasan contigo. Y dime cuanto tiempo tendrá que esperar esta ciudad para reconstruirse, si los muros sobre los que se sostenían han sido derribados. No hay nada peor que sentir que el miedo te tiene atrapada en un sitio desconocido. No hay nada peor que no saber ni donde ni hasta cuándo.

martes, 1 de diciembre de 2015

Universos

Para qué necesito el Sol si el planeta en el que vivo sólo gira entorno a ti. Pertenezco a un sistema situado entre tus sábanas, y sé que hay estrellas porque las veo cada vez que te tengo entre las manos. Si tú y yo chocamos en el espacio, eso sí que fue explosión y no el big bang. Ni la fuerza de la gravedad me habría arrastrado hasta el suelo, pero para qué querría el cielo si a ti ya te tengo aquí. Para qué buscar tan lejos la luz de las estrellas cuando tú estás en la Tierra, no se me ocurre mejor paraíso que escondida entre tus piernas. Y es que a veces tú sonríes y también sabes a nubes, y otras a lluvia y a tormenta. Pero si tú eres la tormenta que no llegue nunca la calma, y que espere en blanco y negro el arco iris a que acabes de besarme. Y que amor sea también mirarte, porque sonríes y hasta el aire se queda sin oxígeno... y yo sin aliento, como si en una carcajada hubieras sido capaz de deshincharme por dentro. Que la magia existe y lo sé cuando tú ríes, y parece música lo que antes sonaba a ruido. Y esto, amor, es incluso más grande que la fuerza de cualquier meteorito, y si el universo es infinito, quiero un universo contigo.

lunes, 23 de noviembre de 2015

"Y harás como que no pasa nada"

Te acercas como siempre entre la gente, tan tuya, tan ausente, con esa manía que tienes tú. Así de lejos, haces que todo me parezca hasta fácil. Que venga a saludarte, que te de un beso, que te mire a los ojos. Llevas la seguridad atada en el descosido del vestido, qué lástima que sólo sea yo la que sepa que es sólo eso. Tan frágil como el maquillaje que te has puesto hoy. Y tú aún no lo sabes, pero en el fondo, también estás temblando de miedo. Pasas a diez centímetros de mis caderas, pero esta vez no te paras a seguirme el compás, y provocas que la gente se gire cuando pasas, y no es sólo por el revoloteo de tu falda. Te observan como yo, y no debería darme cuenta de que hay tanta gente en este local que moriría por hacerte el amor. Pero la única que sabe cuál es tu sonrisa después de un orgasmo soy yo. Y, joder, cómo duele eso. Que te haya mirado el alma a través de los ojos tantas veces, y ahora pasas por mi lado sin ladear la cabeza. Sin tocarte el pelo como cuando te pones tonta, y me encanta, y yo te miro con esta cara de gilipollas y tú te ríes con esa risa tan tuya, por la que movería montañas si no me encontrara ya en el cielo. Como cada mañana, como cada día después, como si no hubiera pasado nada, ni te hubiera tenido entre mis brazos hasta que te hubieras quedado dormida. Te he visto despertar cien veces sin que tú lo sepas, fingiendo que no oía como te marchabas intentando no hacer ruido. Y a veces te he besado cuando creías que no me daba cuenta de que me estabas besando. He sentido estas mudas despedidas aguantándome las lágrimas hasta que has cerrado la puerta. Y luego me he derrumbado. Así, tan fácil. Porque tenerte y perderte es tan difícil como verte pasar a lo lejos sin poder acercarme. Es tenerte a dos milímetros y nunca agarrarte. Como tú haces, vienes, te marchas, pero nunca te quedas. A veces me planteo que pasaría si te dieras cuenta de que en realidad siempre me despierto antes que tú, y que si no afrontas las mañanas es porque me conformo con sólo eso, porque nunca pensé que te tendría a ti, aunque fuera a ratos y cuando tú quieras. Dejo que me quieras a tu manera, dejo que juegues conmigo y juego a descifrar el brillo de tu mirada como si hubiera algo más. Como si me creyera las excusas de por qué nunca me llamas, y por qué aún así, siempre acabas en mi cama. Me gusta imaginarme que un día las cosas cambian, y no huyes, que te quedas hasta el día siguiente no, el otro. Y nos tumbamos en el sofá a ver las tonterías que te gusta ver los domingos y fumamos, y me cuentas tu vida de esa manera en que la cuentas tú, que hace que me interese hasta tu talla de zapatos. Es precioso imaginar que existes más allá de las paredes de mi habitación.


Y ahora has vuelto a pasar. No sé, quizá luego me acerque. Sé a cuantas cervezas tengo que invitarte para que empieces a mirarme de verdad. Y que el sábado que viene serás tú quien me suplique que me quede, que una canción más, que aún no te quieres ir a casa. Y yo como una idiota te voy a ofrecer todos los bailes que quieras, y de repente me vas a parar como lo haces siempre, y preocupada me preguntarás si te quiero. Y yo me reiré y te diré que no, que claro que no. Y entonces fingirás que eso es lo que querías oír y dirás, ah vale menos mal. Y harás como que no pasa nada. Pero sí que pasa. Y claro que te quiero.
Pero tú aún no lo sabes. Y quizá aún no lo sé ni yo.

miércoles, 4 de marzo de 2015

Querido fantasma,

al de tu sonrisa. Se me hace extraño no verte por aquí. O verte mirando a otras. Les veo en la mirada los ojitos que se me ponían a mi cada vez que me iluminabas con ella. Recuerdo que te vi y pensé "quiero estar haciéndole reír toda la vida". Sólo para verte brillando de esta manera.

Al de tus ojos, al de tus pupilas. Estás más apagado que nunca. No lucen con la misma intensidad, y no sabes las ganas que tengo de abrazarte cada vez que veo que bajas la vista al suelo intentando ocultar algo. Aunque el fantasma de tus labios no quiera contarme nada, pero tú me lo dices sin hablarme. Me encantaría saber que estás bien, que estás bien de verdad, que eres feliz.


Yo ya sabes que no lo soy mucho desde que te fuiste. Tu fantasma, el que tenía los siete pecados capitales en un cuerpo. El que me tocaba con tus manos creando ciudades en cada centímetro cuadrado de mi piel, y me erizaba los sentimientos, y las pulsaciones. La gente me mira raro en el metro, creo que son capaces de ver la tristeza en mis ojos porque nos hemos cruzado y, otra vez, no me has dicho nada. A veces me siento culpable porque pienso que crees que estoy huyendo. De ti, de todo esto, del recuerdo. Ojalá te dieras cuenta de que en realidad eres tú el que me apartas a cada paso que doy. Hace mucho que no te entiendo, pero ni siquiera me entiendo a mí misma así que qué te voy a contar...

Me encantaría volver a tomar café contigo, y todos nuestros fantasmas. Puede venir el pasado a recordarnos qué es lo que hacía que sonriéramos con sólo mirarnos a los ojos, qué nos volvía locos al besarnos, qué era ese impulso que no dejaba que nos quitáramos las manos de encima. Siempre imaginé esta etapa de mi vida con alguien como tú al lado. Alguien que me hiciera sentir viva, que me hiciera saltar en el rellano después de besarme, que me hiciera volver a casa corriendo debajo de la lluvia sin importarme que me mojara. Alguien a quien estar atada con diez mil cadenas y aun así sentirse libre.

Ya no sé si te echo de menos a ti o a mí cuando estaba contigo. Ya no recuerdo los dolores de cabeza, o la frustración que me invadía cada vez que hacías algo que no podía explicarme. No lo sé. Pero sé que cada vez que te veo se me salta el corazón del pecho, y que te observo y pienso en lo guapo que estás, y en lo que me encantaría decirte. Y me callo porque nunca me atrevo. Siempre a un paso de besarte, siempre a un paso de intentar convencerte una vez más. Pero no lo hago porque tengo miedo de que vuelvas a salir corriendo y a dejarme sola en el arcén, que la lluvia me moje de verdad, que las lágrimas se confundan con ella y la gente me vuelva a mirar muriéndose de pena porque no saben quién me ha roto el corazón esta vez.

Espero que algún día todas estas cartas que te escribo cuando vuelvo a casa, cuando no te he visto, cuando pienso en qué podría hacer mejor y en qué me encantaría que hicieras tú otra vez, se quemen en una hoguera. Que encendamos el fuego los dos y nos prometamos no volver a caer en los mismos errores. No quiero amor eterno, no quiero que me digas que me quieres, sólo necesito saber si algún día querrías quererme. Entonces romperé estas palabras y reconstruiré las promesas, y te podré volver a mirar a la cara y a sonrojarme y a evadirme de todo en tus brazos.

Pero hasta entonces,
seguiré susurrándole al oído a tus fantasmas.

miércoles, 4 de febrero de 2015

Brindis

Por esas llamadas que nunca suenan.
Por los mensajes que me quedé esperando hasta quedarme dormida, y desperté a tientas buscando el móvil, con la esperanza de que hubieras pensado en mi tanto como yo en ti.
Por el feliz año que nunca llegó, y las veces que te hacía prometer que pensarías en mi cuando estuvieras lejos. 
Por las veces que te fuiste sin acordarte de mi.
Me duelen los momentos en los que me cegaba la lluvia, o mis lágrimas, y te buscaba sin cesar para que aparecieras a mi lado y las calmaras con un abrazo. Para que fueras paz. 
Por las veces que tus ojos fueron cafeína, y me quedaba despierta toda la noche con la vista fijada en el techo intentando mirar en ellos, descubrir en qué pensabas, descifrar si era en mí.
Por todas las veces que volvimos a casa por distintos caminos y nuestras huellas quedaron perdidas entre las pisadas de la demás gente. Gente que no existía para mí, cuando giraba la cabeza con la estúpida esperanza de encontrarte corriendo detrás mío.
Por no detenerme. Por dejar que me fuera. Por no insistir una última vez, la que yo hubiera cedido y hubiera besado cada una de nuestras discusiones a modo de punto y aparte.
Por quedarte mirando cómo me marchaba y girar la cabeza para otra parte. Por hacer ver que te daba igual. Por hacerme entender que te daba igual.
Por las veces que te quise y las veces que no dejaré de quererte, mientras paso por nuestro banco y fijo la mirada en el suelo. Mientras borro recuerdos y sueños en los brazos de cualquier otro, del que sea. Alguno que no tenga tus ojos ni me derrita con tu sonrisa. Alguno que no se parezca a ti y me deje dormir por las noches. Alguno que no vaya a subirme al cielo y a dejarme caer después. Alguno que me llame cuando le digo que no pasa nada, que estoy bien, mientras con la mirada le suplico que me pregunte una vez más, que estoy a 17 segundos de derrumbarme de nuevo.
Alguno que no seas tú y alguno al que no vaya a querer, pero me deje querer por él. Alguno al que esperaré que quieras romperle la boca por no besarme como debería, que ese puesto te sigue perteneciendo a ti.
Brindo por todo esto y por mí, por sacarte de mi cabeza, por aprender a no querer verte, por aprender a alejarme de ti y de tus constantes idas y venidas.

No puedo despedirme de ti, pero brindo por intentarlo. Por ser feliz a pesar de que sea sin ti.

viernes, 23 de enero de 2015

Sin tus dosis.

Me he dado cuenta de que te busco todo el rato. Incluso en las cosas más pequeñas, en las tardes tontas tiradas en un bar, en compartir mi cigarro contigo, en pedir una cerveza en vez de dos. Echo de menos reservarte tu silla, sentarme a tu lado, que me beses por la espalda y se me cierren los ojos. Que me quede tocándome los labios y sonriendo como una idiota porque también llevas toda la tarde queriendo besarme. Que la gente me hable en plural, que rías conmigo, que me alegres el día poniéndole los ojos en blanco a mis tonterías. No quiero volver a dormirme pensando "en otra cosa", ni volver a casa sin tus mariposas, que no nos cueste despedirnos, que no pegues la espalda a mi puerta y te susurre "cinco besos más y nos vamos". Echo de menos las miradas que guardabas sólo para mi, el tejado que fue testigo de las veces que estuve apunto de perder el control contigo, cuando mi piel enloquecía bajo tus huellas dactilares. Mi pelo echa de menos tus manos y los taxistas no disimulan para no sonreír ante el retrovisor, y el tiempo pasa más lento si no estás para acelerarme el corazón. Ya no sonrío en el espejo al ver mis mejillas sonrojadas y las manchas moradas en mi cuello, y ya no recuerdo cómo era oír que te encantaba y te encantaba estar conmigo. Qué mono más tonto para una droga tan efímera. Qué jodidamente insoportables son los días sin tus dosis, mientras me revuelvo en la cama como si así todo lo de afuera no existiera, intentando buscar cómo puedo convencerme de que nunca has estado aquí, de que nunca me has mirado como me has mirado.
"No sabes qué decir", me decías, cuando yo callaba sonrojada gritando que era muy mala para estas cosas. Y no lo era, pero me dejabas sin palabras. 
Menos ahora. Cuando echo la vista atrás y pienso como pude ser tan tonta de no ver que te quise cada minuto que pasé contigo. Que te quise sin quererlo y sin darme cuenta. Y que te sigo queriendo ahora que ya no puedo hacerlo.


lunes, 5 de enero de 2015

Duérmete.

Abrí los ojos sólo para ver el agua que me rodeaba.
Luchaba por salir a la superfície pero no sabía exactamente hacia dónde tenía que nadar, porque de pronto, todo estaba oscuro. Me ahogaba, aunque podía respirar. Sentía el peso de las cadenas arrastrándome hasta el fondo, sin saber qué encontraría allí abajo.
Los fantasmas empezaron a rodearme e intenté despertarme de una vez por todas. Correr, gritar, pero no podía moverme. Las manos que me tendían su ayuda estaban a sólo un centímetro, aún así, cada vez que se acercaban demasiado me soltaba de ellas, las echaba fuera, esperando que se fueran a la vez que pedía que no dejaran de insistir.
Hasta que me di cuenta de que nadie podría sacarme de allí, porque había sido yo la que había nadado hasta el fondo.
Perdí la cuenta del tiempo que llevaba ahí abajo, porque a ratos se me olvidaba por qué quería salir.
"Que se acabe todo", pensé. "Es la única manera de volver a respirar". Y el camino era fácil, mi lado izquierdo me decía que tan sólo tenía que dar un paso, que si quería, estaba en mis manos dejar de sufrir. Mi lado derecho, el de la esperanza, el lado ingenuo, me susurraba que esperara un momento, que aún no.

Imágenes entremezcladas. Tú. Yo. Tu sonrisa. Tus últimas palabras. Ella. Los platos sin lavar. Nos besábamos. Nos peleábamos. Sus primeras palabras. Mi sonrisa. Vacío. Nuestra canción.

"Siempre te voy a querer", me decía.
"Es el momento de borrar todo esto", me contradecía.

Y siempre la misma frase. "No puedo".
"No podrás hasta que puedas".

Sentía cómo me tiraban de los brazos en direcciones opuestas. "Me vais a romper", pensaba.
"Ya estás rota", escuchaba.

Tienen razón. Lo he intentado muchas veces, pero parece que nunca es suficiente.

"Duérmete".
"Si te duermes quizás no despiertas".
"No quiero despertarme", les respondía. "Pero no quiero dormirme, porque cada vez que me duermo aparece en mis sueños, y luego cuando abro los ojos me doy cuenta de que ya no está. La realidad me golpea cada mañana y encuentro pedazos de mí esparcidos por el suelo. Se desvanecen, sé que no van a volver. Dime que algún día van a renacer y volveré a sentirme completamente entera".

"No puedo", me decía, "no puedo devolverte a tu forma original".

Y a veces, otra voz, que me gritaba desde arriba "¿No te das cuenta? Cada vez que vienes aquí acabas pensando en esto, todo vuelve al mismo punto de partida. Ven. Sube. Olvídalo."

Tenía razón, cada vez que algo me empujaba hacia abajo sentía la necesidad de castigarme para autocompadecerme. Quizás porque nadie más lo hacía por mi. Tenía ganas de estar sola, de quedarme sola, de echar a todo el mundo de mi vida. "Así, si al final te quedas sola, sabrás que ha sido únicamente por tu culpa".

Quiero borrar los días. Quiero borrar mi estancia aquí. Esto está demasiado oscuro, y hace frío. He llegado aquí por mi propio pie.

Como si hubiera sido mi propia decisión.

domingo, 4 de enero de 2015

Hola,

te echo de menos.

De hecho, no te he escrito antes porque no me había dado cuenta hasta ahora. Te echo mucho de menos. Tengo un nudo en el estómago, donde antes volaban las mariposas que adiestraste a tu manera, y pienso en ti.

Echo de menos tu sonrisa. Y la manera en la que te reías de mi. Y cuando a veces estaba hablando, contándote una de esas mil historias sin sentido que siempre tengo preparadas en el bolsillo por si acaso, y tú no me escuchabas y me decías que estabas pensando en lo diferentes que éramos. Y yo me reía y te decía que me escucharas, que te estaba contando algo súper interesante. Y me dejabas terminar por cortesía, o porque te gustaba verme hablar emocionada.

Me acuerdo de cómo me cogías la mano para que no temblara, de cómo me hacías reír con tonterías, de la cara que ponías cuando algo te daba pena. De que me moría por comerte. Cuando nos despedíamos y no podía dejar de besarte, e intentaba evitar ponerte la mano en el corazón para saber si te estaba latiendo tan rápido como a mí. O cuando hablaba y me acariciabas sin que me lo esperara, y se me olvidaba qué estaba diciendo. Siempre decías que sabías como hacer que me callara, y quizás yo no paraba de hablar para que me besaras de nuevo.

Me acuerdo de la primera vez que te miré a los ojos y pensé "Elena, cuidado". Y sentí como saltaban todas mis alarmas mientras tú te encendías un cigarro, preguntándome qué me pasaba. Y yo ya entonces olía el miedo, y sacudía la cabeza. Yo, que odio hablar por teléfono y te llamaba borracha sólo para oír tu voz, y te pedía que me dijeras una y otra vez que tenías tantas ganas de verme como yo a ti. Y te colgaba sin avisar para no decirte que te quería, porque a veces me lo ponías muy difícil. Llegaba a mi casa pensando que me hacías la persona más feliz del mundo, justo cuando pensaba que no volvería a sentirme así nunca más.


Y mírame, ahora ya sabes lo que soy capaz de hacer en un segundo. Aún sigo pensando que lo hice volar todo por los aires. Explotamos y el impacto nos lanzó en direcciones opuestas, y te buscaba a ciegas. Quizás no quería darle más importancia, porque pensar que te había perdido era pensar que me importaba perderte, y yo no puedo permitirme volver a acostarme llorando por alguien. Por eso no lo hice.

Luché, y me apartaste, y cada vez que veía el frío en tus ojos se me colaba por dentro, haciéndome temblar. Quizás fui ingenua al pensar que me daba igual, al pensar que podría seguir viéndote sabiendo que ya no podría abrazarte en cualquier momento, o llamarte, o mandarte fotos estúpidas para que sonrieras. Pero ahora me doy cuenta.

Te echo mucho de menos. Y sé que si algun día lo sabes vas a huír corriendo.
No sé qué hacer para que vuelvas, para ver la sonrisa que guardabas para mí, para que me cojas de la mano y se me congelen los pensamientos.
Lo siento.
Y espero que tú lo sientas también.

Quizás nunca hicimos el amor y fue el amor el que nos hizo a nosotros. Y cuando te diste cuenta, para mí ya era demasiado tarde. Quizás seguiré mirándote cuando creo que no me ves, desde la otra punta de la habitación, esperando inconscientemente que vengas a mi lado y me hagas saber de algún modo que a ti también te da pena que nos miremos como si ya no nos conociéramos.

martes, 30 de diciembre de 2014

Ha llegado el momento de despedirse, 2014.

Llega esta época y parece que todos nos volvemos locos para hacer un balance del año que dejamos atrás.
Creo que los años son como círculos, y en su cierre, nos está dando una nueva oportunidad para reescribir el resto de nuestra historia encima de nuestros errores pasados, dejando éstos debajo como una capa que nos aportará solamente experiencia y aprendizaje a la hora de tomar nuevas decisiones. Sé que el tiempo no deja de ser un vago concepto que intenta representar una línea contínua de hechos, pero si le ponemos principio y final, tenemos la sensación de que somos menos cobardes para emprender nuevos proyectos que disfrazamos de propósitos de año nuevo. Me gusta pensar que el 1 de Enero me trae la oportunidad de empezar una vida un poco menos parecida a la del 31 de Diciembre.

Este ha sido un año muy duro para mí. Lo he calificado varias veces como el peor año de mi vida, pero echando la vista atrás, también me doy cuenta de que nunca había aprendido tantas cosas como en estos 365 días.

Perdí a la persona que más me ha importado en toda mi vida, alguien con quién creía que me iba a comer el mundo y por quien hubiera estado dispuesta a matar y a morir. Supongo que cuando tienes 18 años y estás convencida de con quién quieres pasar el resto de tu vida, es difícil verse de repente en un escenario donde todos los planes que tenías se rompen totalmente y tienes que empezar a construir nuevos esquemas desde cero. He tardado un año entero en acostumbrarme a una perspectiva de vida sin esa persona. 

Fue algo que me rompió por dentro pero a la vez reabrió heridas muy antiguas que ni siquiera sabía que existían, e hizo que poco a poco fuera comprendiendo todo lo que me había pasado durante mucho tiempo. Hizo que entendiera por qué actúo como actúo y que supiera cómo podía controlarlo, que quería cambiarlo si quería. El pasado nunca es una opción para justificar lo hijos de puta que podemos llegar a ser.

Este año me di cuenta de que había sufrido demasiado durante un tiempo en que yo era demasiado pequeña para asimilarlo, aunque entonces pensara que tenía el mundo bajo mis pies. Comprendí que eso me había marcado para siempre. Yo intentaba quitarle hierro al asunto, cuando en verdad debía haberme parado y haber dicho "no tengo que pasar por esto sola". A pesar de todo, cuando te das cuenta de eso demasiado tarde, ya no hay nada que puedas hacer. He pasado muchas noches en blanco para darme cuenta de que no hay que darle más importancia de la que tiene al pasado, porque aún no tenemos la capacidad de viajar en el tiempo para cambiarlo. Y a día de hoy, no creo que lo hiciera si pudiera. Al fin y al cabo todo lo que he vivido es quien me ha hecho ser quien soy y estar donde estoy hoy. No podemos estar culpándonos constantemente de los errores que cometimos o los errores que cometieron otras personas, porque lo único que conseguimos es anular cualquier perspectiva de avanzar, de salir de un túnel donde ya no debemos estar. Porque ya no somos quienes éramos, y nunca es demasiado tarde para empezar de nuevo y decir "me equivoqué, se equivocaron conmigo, pero hoy es hoy, y quien yo sea mañana depende de esto".

Este año ha sido raro. Esta es la palabra para describirlo. Me han pasado muchas cosas, y al pensar en estos doce meses parece que haga una vida entera desde ese primer mes de Enero. En cierto modo, ha sido así. Ha sido un año muy largo, y tan dulce como amargo. Tengo ganas de enterrarlo pero también sé que ha sido un año que voy a recordar durante mucho tiempo.

Ahora llega una nueva etapa. Sé que las cosas no van a cambiar de un día para otro, sé que todo seguirá donde lo dejé el día antes. Que la gente que seguirá a mi lado será la misma, que las personas que no están hoy no van a estar, que pasaré toda la noche esperando que tú, quizás el regalo más bonito que me deja este 2014, te acuerdes de mi y me mandes el mensaje que me prometiste. Tú también me has enseñado muchísimo, y a ti debo darte las gracias porque sin quererlo, y a las puertas del 2015, has hecho que diera un paso gigante hacia adelante. Aunque no te tenga conmigo este nuevo año, has sido la gota definitiva que ha hecho que cerrara el círculo.

Así lo llamo, cierro el 2014 contenta. Porque dejo detrás de mi cosas que creía que me acompañarían toda la vida, y lo afronto con ilusión y con muchas ganas de volver a vivir de verdad, de reescribir recuerdos, de almacenar otros en una caja de la memoria que guardaré toda mi vida con mucho cariño, y de empezar historias nuevas. No ha sido un buen año, pero supongo que de otra manera nunca podría haber empezado este 2015 con estas ganas.

2014, ha llegado el momento de despedirse. No te guardo rencor. No nos veremos nunca más, pero ha sido un placer pasar estos 365 días contigo.

(Feliz año nuevo a todos )